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Aemond se quedó solo en la oficina de la reina.
Helaena había sido la última en salir, la más tranquila de toda su familia, de ambos lados de su familia.
Acababa de realizarse la lectura del testamento de su padre.
El Rey Viserys Targaryen, el Vigésimo Primero de Su Nombre, había fallecido.
Una vez que se realizó el funeral y que la coronación de la nueva reina tuvo lugar, toda la familia real se reunió para escuchar la última voluntad del difunto rey y patriarca de la Casa Targaryen.
Todos aparecieron, excepto Lucerys.
Aemond no había sido el único que estuvo mirando la puerta, esperando, deseando, que su sobrino entrara. Nunca lo hizo. En su lugar apareció Larys Strong, su abogado.
Lucerys tampoco había asistido al funeral de su abuelo ni a la coronación de su madre, había sido una esperanza tonta que él llegara para la lectura del testamento.
Mi cliente está preparado para renunciar a su parte de la herencia a cambio del caballo de su infancia, Arrax.
¿Preparado para renunciar?, había preguntado Jacaerys, él no tiene que renunciar a nada.
Larys Strong había sonreído suavemente, pero sin emoción en sus ojos, por su puesto, Su Alteza Real, pero es el deseo de mi cliente.
¿Tu cliente o tu sobrino? Daemon no había podido mantener la boca cerrada.
Una no exime la otra, Su Gracia, pero ahora mismo estoy aquí en calidad profesional, aplacó con su voz suave y comedida, y procedió.
Al final, Lucerys había renunciado a la herencia que su abuelo le dejó, aunque Rhaenyra insistió que no era necesario, que podía tener ambos, pero Larys Strong aseguró que Lucerys no quería nada excepto Arrax.
Por supuesto, ¿por qué Lucerys querría algo del hombre que lo repudió y expulsó de la familia, la familia que tampoco lo había apoyado?
El padre de Aemond vivió sus últimos años con un pesar que no estuvo relacionado con su enfermedad, demasiado triste y avergonzado, demasiado culpable por lo que le hizo a su nieto. Su último y primer acto para redimirse, para compensar, fue heredarle una gran cantidad de oro y propiedades a Lucerys.
Tanto dijo que Lucerys era su nieto más amado, su favorito, pero cuando importaba no lo apoyó y al final demostró que nunca lo conoció realmente. De ser así, Viserys habría sabido dejarle el caballo que el mismo Lucerys crio desde que tenía diez años.
Aemond miró una foto en su teléfono.
La había sacado del Instagram de Alys Rivers tres años atrás. En ella aparecía Lucerys, vistiendo ropa blanca de algodón, la camisa suelta acentuaba delicadamente la protuberancia de su vientre. Había plantas y flores coloridas a su alrededor, y su sobrino estaba parado, sonriendo con deleite a la cámara mientras sostenía un oso de peluche. El oso portaba una playera que decía: ¡Es un niño!
Un niño.
El hijo de Aemond.
…
Aemond tenía treinta años cuando los medios descubrieron que Lucerys Velaryon, ex Príncipe de la Corona Westerosi, era el famoso Cerys Rivers, el autor de los libros infantiles que habían ganado mucha popularidad los últimos años.
Durante años había visto a Helaena leer esos libros a los mellizos y a Maelor.
Después de que se comprobó dicha noticia, Aemond vio a varios miembros de la familia de Rhaenyra comprándolos y atesorándolos como dragones con su oro.
Aemond no era diferente y pasaba largos minutos leyendo las dedicatorias. Cada uno de los libros de Lucerys estaba dedicado a su hijo, a Alys Rivers o a Larys Strong.
…
Tenía treinta y dos años cuando Aemond escuchó la voz de su hijo por primera vez.
Lucerys siempre había mantenido una vida muy privada, lejos de los paparazzi que todavía lo acosaban por ser el miembro expulsado de la familia real Targaryen, aunque había comenzado a tener más apariciones públicas desde que se reveló su carrera de escritor. En lo que nunca había flaqueado fue en la protección mediática de su hijo, había fotos de él, claro, pero nunca permitió que reporteros se acercaran lo suficiente para hablarle.
Mae, Lucerys lo había nombrado Mae Velaryon –si un día tengo un hijo, quiero nombrarlo Maekar, había dicho una vez su sobrino–, era un niño obediente, siempre pegado al costado de su padre e ignorando las preguntas de los reporteros.
Sin embargo, un paparazzi había logrado colarse a los terrenos de la escuela de Mae y lo había alcanzado. El niño de diez años había ignorado los intentos del reportero, hasta que éste hizo una pregunta muy directa sobre los Targaryen.
Aemond se reconoció en su ceño fruncido y en la mueca de disgusto de su boca, mi familia son mi papá y mis tíos, nadie más.
Esas líneas y el rostro molesto de su hijo estuvieron por todas partes en Westeros.
Los hombros de Rhaenyra se hundieron más de lo usual durante semanas después.
Aemond continuó con su vida.
…
Tenía treinta y tres años cuando compartió una larga carcajada con Aegon.
Jacaerys y Baela acababan de celebrar el primer cumpleaños de su tercera hija y Corlys Velaryon creyó oportuno anunciar que retiraba a Joffrey como su heredero y, en su lugar, instalaba a Rhaena como la futura Marquesa de Driftmark.
Fue una pesadilla política y mediática, Aemond había tenido asiento en primera fila para presenciarlo todo como parte del Consejo de Rhaenyra.
Por alguna razón inexplicable, los nobles comenzaron a culpar a Lucerys por ello. Lucerys, que perdió toda herencia once años atrás, que no había pisado Westeros y se mantenía en sus propios asuntos viviendo en Lys. Lucerys a quien los nobles y la madre y el abuelo de Aemond culpaban por cada cosa que iba mal en su familia y el reino, como si fuera una especie de jinx que los maldijo desde su expulsión.
Era una tontería.
También era divertido desde cierto ángulo porque mientras Lucerys era el paria entre los nobles, era amado por los civiles.
Pero no del todo una sorpresa, Lucerys siempre fue el chico consentido de los medios.
Y lo era más ahora que se había labrado su propio camino después de recibir el mayor castigo de su vida. Un padre adolescente que fue repudiado por su familia, que se mudó a otro continente sin nada más que sus ahorros y la ropa que llevaba encima, que sólo contó con el apoyo de sus tíos paternos biológicos y que ha criado por sí mismo a un niño saludable y feliz.
Un joven hombre que trabajó duro en su carrera de escritor y que ayudaba a sus semejantes. Lucerys abrió fundaciones para ayudar a los niños, las madres solteras y a los ancianos; todo financiado por sus ganancias de ventas de libros –gracias a un soplón dentro de la administración del palacio, todo el mundo sabía que Lucerys había rechazado la herencia que tan amablemente le había dejado el último rey.
Era curioso cómo Lucerys poseía el mayor índice de aprobación de la familia real cuando no era parte de la familia real.
…
Tenía treinta y cuatro años cuando las revistas publicaron una fotografía de Lucerys cenando con un hombre.
No era la primera fotografía de ese tipo que publicaban. Los medios amaban especular sobre la vida amorosa de Lucerys, publicando fotos cada vez que lo atrapaban conviviendo con alguna mujer u hombre. Por supuesto, no había verdad en esas noticias y el representante de Lucerys siempre había desmentido cada una de ellas.
Pero no esta vez.
Aemond no necesitó ver la entrevista de Lucerys, donde confirmó su relación con el heredero de los Bancos Rogare.
Él lo supo desde que vio la fotografía.
Reconoció la mirada que Lucerys le estaba dando a Rogare.
Era la misma mirada que Lucerys le dirigió a Aemond todos esos años atrás.
Una mirada llena de calidez y amor.
…
Tenía treinta y seis años cuando Lucerys y Lysaro Rogare se casaron.
Fue una boda privada.
La información y fotografías obtenidas fueron muy controladas.
La familia Rogare había permitido sólo a un miembro de la prensa Lyseni para que cubriera el evento.
Sin embargo, la mejor fotografía fue de Alys Rivers. La maldita mujer se proclamaba una bruja y una médium, y a su Instagram sólo subía imágenes de tarot, cristales y más tonterías esotéricas, pero de vez en cuando publicaba fotografías de su vida y su familia.
Esta vez publicó una fotografía de Lucerys y Mae bailando con Lysaro Rogare. Lucerys se veía radiante en su traje de boda, con flores y perlas adornando su cabello, pero todo palidecía ante el brillo de su rostro y la belleza de su sonrisa. Sus ojos brillaban como estrellas y la felicidad se desbordaba por cada poro de su piel, era obvio incluso a través de la pantalla.
Aemond ignoró diligentemente el enrojecimiento en los ojos de Rhaenyra, un espejo de los suyos.
…
Tenía treinta y nueve años y su hijo diecisiete cuando Alys Rivers publicó un video en donde Mae le pedía a Lysaro Rogare que lo adoptara.
Aemond tuvo que ver a su hijo llamando babbo –padre– a otro hombre. Tuvo que verlo abrazar a Lysaro Rogare, sonrojado con vergüenza, pero con una sonrisa complacida y una mirada feliz en el rostro. Lucerys había estado parado a un lado, con lágrimas y una sonrisa, viendo a sus muchachos.
Mis muchachos, había dicho a la cámara, un giro de ojos y la sonrisa intacta.
Lucerys y Mae dejaron el apellido Velaryon –lo único que le habían permitido mantener cuando lo expulsaron– y tomaron el Rogare.
No Targaryen.
Rogare.
No de Aemond, nunca de Aemond.
No importaba que Mae fuera casi su copia exacta.
Lucerys, ¿algún día dirás quién es el padre del joven Mae? Habían preguntado a Lucerys en la entrevista por su último libro.
¿Y eso se relaciona con mi libro, cómo? Dijo Lucerys, permaneciendo impasible.
Vamos, todos estamos muy curiosos y sabes que durante años ha corrido el rumor que su otro padre puede ser el príncipe Aemond, le había dado una sonrisa repugnante.
Bueno, ya que todos son tan curiosos, la entrevistadora se había inclinado hacia adelante, ansiosa por escuchar la respuesta. Como todos saben, Su Alteza y yo compartimos una parte de los mismos genes, no es de extrañar que mi Mae se parezca a él. El príncipe Aemond comparte un gran parecido con el duque Daemon, pero nadie lo ha acusado de ser su hijo, ¿verdad?
Aemond se mordió los labios y sangró.
Si mi bebé fuera del príncipe yo no estaría aquí, todos sabemos lo estricta que es la familia real Targaryen, nos hubieran hecho casarnos. Conoces al Príncipe Aemond, es tan responsable y correcto, no nos habría dejado de lado, eso suponiendo que fuera capaz de cometer tal desliz en primer lugar. Lucerys había sonreído dulcemente. Entonces, ¿tienes preguntas sobre mi libro o debo retirarme ahora?
Cuando su madre entró a su habitación, lo encontró sentado en el suelo, con las mejillas húmedas, y rodeado de muebles volcados y objetos rotos. Había tenido que soltar su furia y su dolor de alguna manera y ahora estaba ahí, con la espalda contra una pared y el corazón hecho pedazos.
Pensó que no quedaba mucho por romper, pero se equivocó.
Siempre se equivocaba.
Su madre no había dicho una palabra, pero sus ojos mostraron que obtuvo la respuesta que había ido a buscar.
Aemond decidió contarle todo.
Desde entonces, ella dejó de hacer comentarios odiosos sobre Lucerys y su bastardo, y comenzó a incluir sus nombres en sus oraciones a los Siete.
También dejó de organizarle citas con damas nobles y nunca volvió a insistirle a Aemond que se casara.
El resto de su familia comenzó a mirarlo diferente, especulando y enojados, pero no se atrevieron a preguntar.
¿Qué sería peor? ¿Saber que todo pudo ser diferente y Lucerys seguiría con ellos o enfrentarse a la realidad de que todavía habrían condenado a su dulce niño al ostracismo?
…
Tenía cuarenta y nueve años cuando su hijo se casó.
Mae Rogare tenía veintisiete años, un hombre hermoso, fuerte y amable, un atleta olímpico que también seguía los pasos filantrópicos de su papá. Su hijo, que tenía la sonrisa de Lucerys, se casó.
Debió ser él, sentado junto a Lucerys mientras su hijo les servía té en esa ceremonia tradicional yitense.
Debió ser Aemond parado junto a él, sosteniéndolo con orgullo por los hombros, viendo a su novia vestida de rojo acercarse por el pasillo.
Debió ser Aemond, bailando con Lucerys y con todos sus hijos adoptados, borracho de felicidad.
…
Aemond había tenido veintidós años cuando Lucerys le dijo que estaba embarazado.
Veintidós y recién salido de la universidad, a punto de tomar un lugar en el Consejo de su padre, a punto de demostrar lo capaz que era. Un príncipe Targaryen, hábil, inteligente y fuerte.
Veintidós años cuando le dijo al amor de su vida que no había lugar para un niño en su vida perfectamente planeada. Cuando le dijo que no iba a desperdiciar todo lo que había logrado porque Lucerys no había tenido cuidado.
Habían mantenido una relación clandestina por casi dos años, Aemond no supo qué lo poseyó para relacionarse de esa manera con su sobrino menor de edad, con su mutilador. Pero los Targaryen eran criaturas tortuosas y codiciosas, pensó que tomar su virginidad sería el pago por su ojo y Lucerys se la dio de buena gana, pero una vez que lo tuvo, no pudo parar.
Se enamoró y fue correspondido.
Entonces hicieron planes.
Se suponía que esperarían hasta que Lucerys cumpliera la mayoría de edad para hacer oficial su relación con su familia y cuando Lucerys se graduara de la universidad se casarían.
Se suponía.
Lucerys tenía diecisiete años cuando enfrentó solo a su familia y les informó que estaba esperando un bebé.
Diecisiete cuando se negó a decirles quién era el padre.
Diecisiete cuando fue expulsado de la familia porque se negó a abortar.
Diecisiete cuando calló sobre la participación de Aemond en su situación y aceptó dejar su herencia y nunca volver a ver a su familia. Cuando firmó papeles que lo obligaban a dejar cualquier cosa material o inmaterial que tuviera que ver con la familia Targaryen.
Diecisiete cuando supo que nunca podría nombrar Maekar a un hijo suyo como siempre había deseado. Cuando aceptó que después de ese bebé, no podría tener más hijos de su cuerpo porque no podía correr el riesgo de heredar su capacidad de dar vida –que los varones fueran capaces de dar a luz a sus propios hijos era algo exclusivo de los Targaryen y estaban obligados a mantenerlo dentro de la familia.
Lucerys había tenido diecisiete años cuando dejó todo por culpa de Aemond, quien creyó que lo tenía todo.
Ahora Lucerys tenía cuarenta y cuatro años, y lo tenía todo y era feliz.
Aemond tenía cuarenta y nueve, seguía siendo el príncipe perfecto y no tenía nada.
