Chapter Text
El frío por las calles de La Hilandera se cernía con facilidad en la tierra húmeda por las lluvias. Y al final de la calle, alejada de las demás viviendas se encuentra una casa destartalada de madera, piedra y ladrillo que no ayudaba para nada en el frío otoño de principios de noviembre. Severus veía por la ventana de la cocina cómo el cielo negro de la noche se oscurecía más por las nubes que cargaban grandes cantidades de agua, y rogaba el pequeño que por favor no nevara, ya que no creía poder soportarlo con sus escasas ropas de invierno junto la falta de leña y paja para encender la chimenea, ni siquiera las paredes eran lo suficientemente gruesas para que el frío no se filtrara en la casa.
Severus odiaba su casa, no tenía nada de bueno en ella y solo esperaba que jamás volviera a ver al alcohólico de su padre en su vida en la casa.
—¡Severus! —la madre de Severus, Eileen, interrumpió sus lamentables pensamientos— Ya deja la escoba, Severus, no creo que tu padre pueda notar la diferencia si la casa está sucia o limpia.
Severus dejó en silencio la escoba en el pequeño armario debajo de las escaleras, pudiendo oír cómo crujía la madera de la puerta del armario. Y fue rápido con su madre. Esperando nuevas instrucciones.
»Déjame contarte una historia, Severus, de cuando tu madre fue a Hogwarts.
Severus veía a su madre con los ojos llenos de curiosidad, siempre le agradaba escuchar las historias que Eileen le contaba sobre la magia y Hogwarts, por lo que en silencio se sentó en una de las viejas sillas de madera de la cocina y prestó atención a su madre mientras ella cocinaba la sopa de verduras para la cena.
»Era una vez, en un colegio muy lejos de aquí, en la cima de una gran montaña, se hallaba la reina de los Gobstones junto con su mejor amigo y aliado, el rey de los Lobos. Ambos fueron amigos desde que entraron al colegio de Hogwarts y aunque estaban en casas diferentes, ambos se querían como ningún otro. Ambos eran inseparables, ninguno hacía de menos al otro, y se protegían mutuamente a pesar de todo, aunque la reina de Gobstones era repudiada de su casa por ser amiga del lobo, y el lobo era repudiado por sus cicatrices en su cara y todo el cuerpo. Todos en el colegio los consideraban raros.
—¿Cómo sabes que tenía cicatrices en todo el cuerpo, mamá? —Severus interrumpió.
Su madre sólo se limitó a ver a Severus con una sonrisa mientras sus ojos brillaban y con un leve sonrojo en sus mejillas, por lo que decidió continuar con su historia:
»La reina quería mucho a su amigo, y el lobo quería mucho a su amiga, por lo que idearon un plan para escapar juntos de la familia de la reina, que eran muy abusivos con su hija. Los chicos llegaron a un plan de irse juntos a las montañas, para que ambos puedan estar juntos y en armonía, donde su amor que crecía con el pasar del tiempo pueda ser consumado. Ambos se llegaron a amar con locura, sin embargo, el estado del rey de los Lobos debía ser un secreto, debido a que el mundo mágico ve a los lobos como seres horribles. Por lo que ambos decidieron que el lobo que se hallaba dentro del rey debía ser oculto de las demás personas, así que se fueron del castillo una vez graduados y se fueron a las montañas para jugar juntos hasta el final.
—Mamá, ¿Por qué los hombre lobo tienen que estar ocultos? —Severus preguntó.
El rostro de su madre cambió, su boca se hizo un rictus y sus ojos perdieron su brillo de cuando divagaba en su historia, vio a su hijo de manera seria sin llegar a asustarlo. Severus sabía que su madre iba a decir algo serio y era mejor tomar su consejo.
—No te dejes engañar, Severus, los lobos suelen ser territoriales y llegan a atacar a humanos durante los días de luna llena, no es algo que ellos puedan controlar, está en la naturaleza del lobo, una maldición implantada hace muchos siglos. Los hombres lobos jamás atacan a su pareja, eso te puedo asegurar. Sin embargo, los magos tienen miedo de ellos y aunque los hombres lobo sólo suelen ser agresivos por la luna llena deciden atacarlos primero debido a su propia ignorancia.
Severus analizó la historia, sabía que su madre nunca suele contar sus anécdotas desde su perspectiva. Y siempre las contaba en forma de cuentos. Su madre parecía que estaba esperando más preguntas, pues Severus era un niño bastante curioso e inteligente.
—Mamá, ¿Crees que pueda encontrar a un amigo hombre lobo? Sería genial —Severus tenía sus ojos brillando de alegría y curiosidad, cosa nunca demostró frente a su padre o a las demás personas.
Su madre lo miró con los ojos brillosos y dijo: —No lo sé, quizá con mucha suerte puedas encontrar a tu amigo en Hogwarts, como tu madre lo hizo una vez.
Severus tenía miedo de preguntar, siempre tenía ese rostro cuando la historia, como la mayoría que le contaba su madre, no tenían un final feliz o esperanzador. La esperanza jamás estuvo en ella, y Severus temía que también se le arrebataran su poca esperanza en su vida. Así que decidió preguntar otras cosas.
—Mamá, ¿cómo son los hombres lobo?
—Cómo cualquier otro mago o bruja, Severus, sólo que tienen esa maldición de la luna. Los muggles no pueden soportar la mordida de un hombre lobo y mueren al poco tiempo si es que sobreviven al ataque del lobo. Tienes que entender, los hombres lobo nunca pidieron ser convertidos en esas bestias, aunque hay unos que se aprovechan de su condición para hacer el mal. La luz y la oscuridad es nada más que un concepto erróneo que muchas personas suelen tomar como verdad, no existe bien ni mal, solo hay decisiones. Aunque a veces por más que decidas las cosas buenas a veces te conducen a lugares tan sombríos.
Severus vio como su madre empezó a observar a su alrededor con tristeza y de inmediato supo a qué se refería, sólamente tenía que mirar su supuesto hogar para darse cuenta de que la vida no suele ser justa para algunos. No es que fuera pesimista a su tan joven edad, sólo que no conocía mucho el concepto de la bondad. Severus apenas tenía un solo amigo, era dejado al ostracismo en la escuela primaria por su apariencia desde que entró, ningún otro niño se quería acercar a él. Ni tampoco ayudaba que era bastante sarcástico y mordaz, si se provoca lo suficiente, a tan temprana edad; incluso llegó a ser ignorado deliberadamente por sus profesores. A él realmente no le importaba, a menos que se metieran con él y su madre. Severus sólo soñaba con dejar el mundo muggle e irse a Hogwarts a encontrarse a sí mismo y quizás algún amigo en el mundo mágico, aun cuando ya conocía a Lily Evans, una chica nacida de muggles del cual se hizo amigo cuando vio a Lily demostrarle su magia a su hermana Petunia la cual Severus encontraba muy desagradable aunque prefería mejor guardarse sus pensamientos sobre eso, Lily y Severus no eran amigos como tal, ya que Severus prefería ahorrarse de las compañías de Evans, él sólo le mostró la magia, y Lily lo buscaba para preguntarle sobre ella, prefería tener esa amistad unilateral de parte de Lily pues Severus no quería que supiera que él vivía en la casa más pobre de La Hilandera, como si eso no fuera peor. El pobre entre los pobres.
Severus se apresuró a poner leña en el fuego de la chimenea para después ponerse a jugar con los muñecos de paja que su madre hizo, y sorprendentemente para ella los muñecos estaban en buen estado ya que Severus los cuidaba con mucho cariño. El ulular del viento con las ventanas llegaba a tranquilizar a Severus mientras veía como Rupert, el chico de paja en la mano izquierda de Severus daba un mortal hacia atrás mientras El comandante de paja, Ted desenvainó su espada de paja en la mano derecha. Bueno, esto era con lo poco que podía divertirse un niño en esta casa.
Un estruendoso ruido de la puerta abriéndose de golpe lo alejó de sus cavilaciones, Severus pronto ocultó sus muñecos en su regazo rápidamente y vio a su padre entrar en la cocina con su pesado abrigo negro colgando de los hombros. Tobias Snape olía a rancio alcohol, una fetidez que dejó a Severus arrugando su nariz para que no entrara el olor en sus fosas; giró a ver a su padre al pecho ya que no podía soportar verlo directamente.
—Tú —su padre dijo de forma amenazante—, Ve a buscar leña, se está agotando. —¿Qué? Hacía mucho frío afuera y casi no podía ver nada. Intentó protestar, sin embargo fue sujetado con fuerza del brazo, sus pies arrastrándose con un sonido repugnante hasta la puerta principal. Severus intentó decir algo, pero la puerta fue cerrada en su rostro. Escuchó el pestillo cerrarse, podía oír voces amortiguadas discutiendo dentro de la casa aunque no podía discernir algo coherente de ellas, pronto, escuchó un golpe y de repente sólo podía escuchar el susurro del viento.
Severus soltó un suspiro y se acomodó su delgado suéter, dio media vuelta y se adentró a la oscuridad de la noche. En sus pensamientos tenía la esperanza de que su madre estuviera bien allí adentro. Aún no nevaba pero hacía un frío que sentía que congelaba los huesos, vio cómo su aliento calentaba el aire dejando que el vaho mantuviera en una temperatura decente sus manos. Por ahora tenía que recoger la maldita madera del bosque cercano, y rezar que su madre aún respire cuando termine esto. Severus observó cómo las nubes de una posible tormenta cercana se acercaban a la ciudad y tapando las luces de la luna llena y las estrellas. Se preguntó si algún hombre lobo estará agonizando por el cambio en alguna parte de Reino Unido.
Poción Wiggenweld o pócima herbovitalizante, cura heridas menores; Esencia de Díctamo, cura heridas leves y moderadas, si agrega polvo de plata puede tratar mordeduras de hombre lobo; Esencia de murtlap, alivia cortes y abrasiones, aunque despide un olor desagradable. Episkey, el hechizo sanador cura leves heridas y fracturas menores.
Su madre estaría decepcionada de él si no supiera esa información, si quería ayudar a un hombre lobo en su transformación, lo mejor es hacerlo después de la transformación. Y brindarle su amistad, obviamente.
Recorrió un largo camino, pasando por las calles desoladas y bastantes oscuras, el viento levantaba el polvo acumulado por semanas así que ocultó su rostro de las constantes ráfagas de polvo que giraban en remolinos a su alrededor. Los letreros y carteles que observaba producían sonidos tenebrosos en su mente infantil, pero no había espacio para temer. Llegó a su destino en cuanto menos lo esperaba, había cruzado cuadras repletas en tinieblas y oscuridad para llegar a un pequeño bosque en las afueras de la colonia de La hilandera en el camino contrario al río donde se reunía con Lily. La primera impresión del bosque es la repleta falta de luz en su interior, antes apenas observaba el camino que recorría, ahora ni siquiera qué rayos se encontraba a diez metros de distancia. Severus se apresuró en recoger las ramas secas cerca de los árboles y arbustos sin adentrarse al bosque, aunque sin éxito pues no alcanzaba las ramificaciones de los árboles gigantes. Con suerte podría encontrar leña seca de ramas caídas, no obstante, no creía que fueran para encender una chimenea. Sentía el peso de sus muñecos de paja en el bolsillo delantero de su suéter y de alguna forma lo hacían sentir protegido. El eco escalofriante del gélido viento le tapaban sus oídos, y con gracia, le hacían estremecer ante una adversidad desconocida en la penumbra de la noche.
Un ruido, un crujido de ramas, captó la atención de Severus. Intentó mirar forzando su vista hacia el interior de la arboleda. Y Severus tembló de miedo ante un próximo gruñido asqueroso. No quería saber que tipo de animal estaría haciendo ese ruido, así que dio media vuelta y caminó lo más rápido posible con la leña que pudo recolectar. Sin embargo, empezó a sentirse perseguido, la criatura empezó a seguirlo. Y corrió lo mejor que pudo. Esa cosa estaba acechándolo desde alguna parte y aún cuando avanzaba rápidamente por las calles sucias sin importar que el polvo se adhiriera a su cuerpo. Sentía el mirar de la criatura en su garganta. Giró a la izquierda, después derecha, y encontró un lugar entre dos casas abandonadas, un callejón sin salida, y los pasos de la criatura se estaban alejando. Severus tuvo que recargarse sobre la pared sintiendo el peso de la madera y los amigos de paja en el bolsillo. Intentó mirar de lado hacia la calle, pero la criatura se camufló en la oscuridad de la noche. Sea lo que sea ese ser, estaba lejos ahora. Dio un suspiro e intentó sin mucho éxito regular su respiración, tenía que regresar a casa. Deseó que Ted y Rupert pudieran protegerlo en estos momentos al igual que cuando protegían sus sueños del monstruoso de Tobias. Pero eran paja nada más, y Severus con su pesar entendía que en la vida real eran totalmente inútiles. Se apretó más en sí mismo cuando una ráfaga junto a lluvia empezó a caer, un trueno le hizo temblar de miedo y las gotas camuflaban sus lágrimas. Decidió regresar a su supuesta casa mientras cubría la madera con su cuerpo.
—¡Abran la puerta, hay algo siguiendome! —Severus tocó con fuerza la puerta de madera con fuerza haciendo temblar las paredes— Hace frío —Murmuró.
No supo cuánto tiempo estuvo tocando la puerta para cuando su madre apareció frente suyo. Hizo un gesto y se llevó su dedo índice a los labios para posterior apuntar a la chimenea pobremente encendida, supuso que su padre estaba en su habitación dormido y ebrio.
—Severus, ¿Qué fue eso de que algo te seguía?
—Una cosa me seguía, mamá, gruñía como una bestia pero no pude verlo —Severus temblaba de miedo y frío; su madre le puso una manta encima. Y Eileen parecía escéptica.
—Severus, aquí no hay mucha magia que digamos. ¿No podría haber sido un perro o algo así?
—¡Te lo juro! —Eileen puso su dedo índice en los labios de su hijo— Te lo juro, era algo muy grande, mamá. Me dio mucho miedo —su madre lo abrazó mientras frotaba su espalda. Y Severus empezó a llorar.
—De acuerdo, bien, te creo. Prepararé un poco de té para calmarnos un poco, ¿Sí? —Severus asintió rápidamente, y Eileen fue a la cocina.
Severus vió como las brasas eran diminutas en la chimenea, así que puso la madera que pudo recoger al fuego.
Y también sus muñecos, pues no lo protegían lo suficiente.
—¿Por qué nos hacesssss esssto ? —Severus se asustó cuando escuchó unos susurros en el fuego.
Ted se estaba consumiendo por las llamas y hollín, y aparentemente estaba agonizando.
—Creí que eramos amigosss , Severusss —Robert, que estaba mucho más adentrado en la chimenea habló con su voz susurrante.
—¡Mueranse de una vez! —el niño gritó— Ustedes no son reales —Severus empezó a llorar mientras miraba como sus amigos ardían en el fuego. «Severussss», «Severusss, ayudaaa», «¿Fuimos malos amigos, Severusss?», «Perdónanos, Severussss»; gritos susurrantes de los muñecos de paja atravesaban sus oídos y el niño se acurrucó en sí mismo con sus rodillas en su torso y sus manos intentando que los gritos de agonía se detuvieran en sus oídos, Severus se sentía impotente.
Eileen observó cómo su hijo empezó a maldecir al fuego y pensó con extrañeza que su hijo se había vuelto loco.
