Chapter Text
Disclaimer: Pintor Nocturno es un manga escrito e ilustrado por Byeonduck y publicado por Lezhim Comics.
Locura.
Acción imprudente, insensata o poco razonable que realiza una persona de forma irreflexiva o temeraria.
Mumyeong cometió la locura de aceptar a Lee Jihwa como compañero de viaje.
¿Por qué?
Compasión.
Sentimiento de tristeza que produce el ver padecer a alguien y que impulsa a aliviar su dolor o sufrimiento, a remediarlo o a evitarlo.
Mumyeong se compadeció de Lee Jihwa.
Dos días después, quiere matarlo.
—¿Por qué tengo que ponerme esta ropa? Apesta.
Maldito niño mimado del demonio. Tiene la nariz arrugada y no oculta su disgusto.
Impulso.
Deseo intenso y repentino que lleva a hacer una cosa sin reflexionar o sin pensar en las consecuencias.
Mumyeong siente el irrefrenable impulso de abandonar a Lee Jihwa en mitad del bosque.
Con un poco de suerte, será devorado por algún animal salvaje.
Respira hondo. La paciencia es una virtud. Todo mercenario que se precie debe saber esperar el momento adecuado para actuar. También es útil para no matar a la persona equivocada.
Lee Jihwa es insufrible. Mumyeong cometió el error de ceder ante sus súplicas. No le queda más remedio que lidiar con las consecuencias.
—Es usted un fugitivo, mi señor. Si se pasea por ahí de esa guisa, no tardarán en atraparle.
El noble observa su hanbok amarillo. Es una pieza de excelente factura. El señor Min se aseguró de exhibirse por media ciudad con uno parecido y ahora todo el mundo considera que es un asesino.
—No quiero tirar mi ropa.
—Por supuesto que no haremos eso. La venderemos.
Mumyeong procura no reírse ante la cara de tremendo disgusto del muchacho, quien echa un último vistazo a su preciada prenda y procede a quitársela sin preocuparse en lo más mínimo por su desnudez. Mumyeong no le quita ojo de encima. Los recuerdos de aquella noche, su primera vez yaciendo con un hombre, aún le provocan sueños húmedos.
—¿Por qué me miras tanto?
La indignación de Jihwa es patente. Mumyeong se cruza de brazos, provocador e inflexible. Disfruta cuando las mejillas se le tiñen de rojo. Se pregunta cómo se sentirá ese cabello entre sus dedos. No ha conocido a nadie más que tenga el pelo rojo. Es peculiar, exótico. Sublime.
—Su madre, ¿era extranjera?
Y la indignación deja paso al desconcierto.
Con el transcurso de los años, Mumyeong ha aprendido un par de cosas. La forma más sencilla de matar a una persona es pillándola desprevenida. Si ha consumido alcohol u opio, mejor que mejor. Una pequeña daga bien afilada puede ser más eficiente que una espada de batalla. Cuando desees sonsacar información a un rival, debes alterarlo con tus preguntas.
Jihwa está a punto de tartamudear. Tiene tanto orgullo que se recompone casi de inmediato.
—¿A qué viene eso?
Se coloca su nueva ropa a toda velocidad. Son prendas mucho más humildes. Puede que sea cierto que su aroma no sea el más fresco del mundo. Es verde oscuro. Mumyeong considera que hace un bonito contraste con su cabellera.
—He visto a su padre. Es obvio que nació en esta tierra, así que no existe otra explicación posible.
Jihwa alza una ceja. Bufa.
—¿Te has vuelto loco?
De regreso al planteamiento inicial. Eso es más que evidente. Mumyeong lleva años vagando por el mundo en soledad. Las cosas le han ido bien por esa razón. Ahora carga con una persona que parece incapaz de sobrevivir por sí misma. Es un demente imprudente y estúpido.
—Su cabello, señor Lee.
Jihwa agarra un mechón entre los dedos. Apenas unos días antes caía sobre sus hombros, simbolizando el honor y la grandiosidad de su estirpe. Seungho cortó su moño con esa temible y afilada espada, arrebatándole todo lo que fue hasta entonces. Mumyeong ve cómo se le humedecen los ojos y comprende su desaliento.
—Madre era hija de un forastero que comerciaba con especias.
No añade ni una sola palabra más. De hecho, aprieta los labios con terquedad mientras observa, disgustado y enfadado, su actual atuendo. Mumyeong recoge el viejo hanbok. Están muy cerca de la casa de la anciana que podría estar interesada en la tela. Conseguirá un buen dinero a cambio de un trabajo limpio.
—Odio esto.
Lo ha repetido hasta la extenuación. Mientras caminan rumbo al oeste, comen arroz pasado y descansan amparados por la oscuridad nocturna. Lee Jihwa lamenta su situación. Quiere volver a casa y que todo siga siendo como antes. Comprende que eso ya no será posible.
—Siempre puede regresar y explicar la verdad a las autoridades.
—Es cierto. A lo mejor me creen, pero ¿qué haré con Yoon Seungho?
El temible monstruo de sus pesadillas. El hombre que le robó el corazón para romperlo en mil pedazos. El ser sediento de sangre, capaz de todo por preservar la vida de su amado pintor.
Lee Jihwa se acuclilla, apoya los codos en las rodillas y se frota los ojos con fuerza. Mumyeong suspira. Ahora empieza el llanto. Es desquiciante.
—Debí hacerte caso. Ojalá nunca hubiera escuchado al señor Min. Esto no merece la pena.
Podría honrar sus sentimientos iniciales, abrazar al joven noble y ofrecerle consuelo. La compasión no es intrínsecamente negativa. Dota de humanidad a aquel que la padece. Mumyeong se vio obligado a arrancarse la suya hace mucho tiempo.
—Deje de lamentarse. Tenemos que seguir.
—Estoy cansando y tengo ampollas en los pies.
—Bienvenido a la vida errante.
Mumyeong no sabría definir con palabras el odio, aunque es capaz de reconocerlo en cada una de las expresiones y gestos de ese insigne miserable. Lo ve encorvarse sobre sí mismo, desgreñado y sudoroso, y otra vez siente pena. Chasquea la lengua. Mira a su alrededor. Recoge el delicado hanbok amarillo.
—Me ocuparé de vender esto. Puede quedarse aquí hasta mi regreso, pero no me haré responsable de usted si los guardias le atrapan.
Lee Jihwa apenas dedica un segundo a reflexionar. Asiente, desesperado y al límite de sus fuerzas.
—Esperaré. Ahora mismo, no me importaría ser azotado hasta la muerte.
Mumyeong sonríe. Insensato e ingenuo. Un hombre de su naturaleza jamás soportaría el dolor atroz de una tortura. Siente un latigazo en la parte inferior de la espalda y se aleja del lugar con paso firme. Hubo un tiempo durante el cual pudo viajar a lomos de un caballo. La dureza de un invierno de hambruna le obligó a tomar una decisión extrema. Ahora, sólo tiene sus piernas y la carga insufrible que supone vagar junto a Lee Jihwa, el noble convertido en plebeyo por obra y gracia de la mezquindad humana.
—Apresúrese, mi señor. Vamos.
Mumyeong da largas zancadas a través de un monte escarpado. Intentar vender el hanbok de Jihwa le sirvió para descubrir que sus captores están más cerca de lo que se hubiera imaginado. Le acusan de haber dado muerte a tres nobles y un plebeyo. Las familias afectadas claman venganza. Diga lo que diga en su defensa, si lo atrapan, Lee Jihwa está perdido.
Le explicó la situación a toda prisa, mientras tomaba la decisión de abandonar los caminos comunes para desplazarse por atajos de difícil acceso. Allí hay más nieve, más vegetación, más animales. Más peligros. Jihwa no está acostumbrado a las ramas que le arañan la cara y se le enredan en ese maldito pelo de desgracia. Apenas puede soportar el infierno latente en sus pies. Está desfallecido después de dos días sin probar bocado.
Se detiene cuando le arde el pecho. Tragar aire es insufrible. Pese a que la primavera se resiste a abrirse paso, suda como un condenado. Los músculos de sus piernas están entumecidos y todo su cuerpo duele. No puede más. De verdad que no. El agotamiento es tal que, si da un solo paso más, comenzará a vomitar la bilis.
—Ya basta. Yo… No soy capaz.
Mumyeong ha dado tres pasos más por pura inercia. Están a punto de alcanzar la cumbre de ese montículo repleto de piedras y árboles frondosos. Frunce el ceño cuando ve al noble de rodillas, jadeando. Sin fuerzas. Ya no le queda misericordia que demostrar. Perdió todo su aguante al comprender que ese idiota no hace más que entretenerle. No se engaña. Si lo descubren al lado de un fugitivo como Jihwa, es muy posible que corra su misma suerte. Y se niega a morir, al menos por el momento.
—Deje de quejarse y muévase.
Lo agarra por el brazo y tira hacia arriba. En su huida desesperada, el otrora noble ha perdido peso. Él, que lo más cerca que ha estado de pasar hambre fue aquella vez que su padre lo encerró en su cuarto después de encontrarlo con Seungho. Dieta espartana y dulces que los criados le pasaban a escondidas.
—Estoy muy cansado.
Se acabó. La última voluta de estoicismo se ha esfumado en el aire. Mumyeong afianza su agarre, clavando los dedos en la piel pálida de su compañero. No le consiente que se rinda ante la debilidad. Lo arrastra montaña arriba, determinado a alcanzar la cumbre. Jihwa trastabilla varias veces hasta que cae sobre las rodillas. Le escucha sollozar. Apenas puede describir lo irritado que se siente.
—¡Levántese!
El cuerpo de Jihwa pesa una tonelada. Sólo puede alzar la cabeza. No lucha por contener las lágrimas. Deja que toda la rabia y el rencor fluyan a través de sus labios.
—¡Cállate! ¡Eres mezquino! No debería estar aquí.
Mumyeong le agarra de nuevo. Lo zarandea con brusquedad, harto de esa ridícula situación.
—Es verdad. Debería estar en el cadalso, con la piel de la espalda arrancada a tiras y los cuervos devorándole los ojos. Es lo que le espera si no se mueve. Ahora.
Lee Jihwa se pone pálido. No es para menos. Tampoco es estúpido. Es consciente de cuál es su destino si lo capturan. Lleva días sacando fuerzas de flaqueza. En verdad está agotado. Agacha la cabeza y gimotea, patético y asustado.
—No puedo.
No miente. Su cuerpo no responde. A Mumyeong no le quedará más remedio que cargarlo sobre sus hombros. Se lo imagina alzándolo en el aire para rescatarlo de su nefasto destino. En vez de eso, le suelta y se acomoda el macuto con sus enseres personales.
—No moriré a causa de un niño quejicoso. ¿No puede más? Pues quédese aquí. No tardarán en darle caza. Mientras tanto, yo me pondré a salvo.
Se aleja. Está dispuesto a cumplir con la amenaza. Durante años, Mumyeong ha sido lo único que le ha importado a Mumyeong. Las emociones y los afectos no tienen cabida en su turbia existencia. Puede que el cuerpo de Jihwa se le antoje apetecible y que haya soñado con poseerlo nuevamente en tres o cuatro ocasiones, pero hasta allí ha llegado. Podrá encontrar amantes menos muertos que él. No le debe nada. Le advirtió lo que ocurriría y no quiso escucharle. El señor Lee es el único responsable de su propia desgracia.
Debería caminar con la cabeza bien alta, frío y distante, preparado para una nueva aventura. Se alegra cuando escucha a Jihwa pisar unas ramas, cojeando lastimosamente hasta darle alcance. Al hablar, su voz está repleta de arrogancia.
—¿Sabes hacia dónde vamos o andas por andar?
Mumyeong sonríe. No permite que el otro lo vea.
—No me subestime, mi señor. Soy todo un profesional.
Nieva. Es absurdo. Ya es primavera. No debería estar nevando. Jihwa se sacude el pelo para apartar los copos blancos y gruñe, disgustado. Tiene hambre y frío. Caminar es un suplicio intolerable. Mumyeong está empeñado en subir una montaña tras otra y apenas si descansan por la noche. Lo único que han comido en los últimos dos días ha sido un conejo que lograron cazar gracias al pelaje pardo en mitad del manto helado.
Jihwa ha creído alcanzar su límite en media docena de ocasiones. Su cuerpo está empeñado en demostrarle que se equivoca, que es más duro de lo que parece. Aunque su mente se queje todo el tiempo, aunque desee con todas sus fuerzas claudicar, sus piernas siguen moviéndose. Un paso tras otro en busca de la libertad.
Al menos Mumyeong parece más relajado. Ha rebajado el ritmo de la marcha y se mueve por esos parajes como si los conociera a la perfección. Jihwa se lo imagina correteando por esa puñetera montaña de mierda cuando era crío. Si es que el nefasto asesino fue pequeño alguna vez.
Cuando el hombre se detiene frente a un agujero en la roca, cree que se ha vuelto loco.
—Descansaremos aquí durante un par de días.
—¿Me tomas el pelo?
Mumyeong le empuja a través del agujero. Jihwa se resbala y se cae de culo. Todo a su alrededor está oscuro, pero poco a poco descubre que se encuentra en el interior de una cueva. Una bastante amplia en la que alguien ha doblado un futón. Lo más natural del mundo.
Un momento. ¿Un futón?
Mumyeong ya está a su lado, descolgándose el macuto y colocándolo a sus pies. Tiene el pelo húmedo y su rostro parece esculpido por los ángeles. No importa lo enfadado, cansado o asustado que esté. No deja de ser increíblemente bello. Y Lee Jihwa debe estar al borde de la muerte porque delira.
—¿Qué sitio es este?
—Un refugio para artistas nómadas.
¡Ja! Tiene que reírse. Jihwa también se deshace de su propio equipaje. En realidad, nada de lo que carga le pertenece. Cuando huyó de casa, ni siquiera fue en busca de dinero. O la espada. Le vendría genial tener su espada consigo, aunque nunca haya sido muy ducho en su manejo.
—Si los otros bufones nos encuentran, ¿nos darán muerte?
¿Acaso ha logrado que Mumyeong sonría? No. Sin duda son imaginaciones suyas. Las alucinaciones van aumentando. Su fin está próximo.
—Saldré en busca de alimento. Haga fuego.
—¿Aquí dentro? Nos asfixiaremos con el humo.
—Haga fuego.
El tono ha sido tenso. Jihwa observa a su compañero mientras abandona la cueva, armado únicamente con sus cuchillos. Sabe que se las apañará para cazar algo. Si es que hay animales vivos en esa parte de la montaña. En cualquier caso, no le dará vueltas a algo que escapa a su control. Echa un vistazo a su alrededor. Su vista ya se ha acostumbrado a la oscuridad y distingue un montón de leña en un rincón. Al final sí que podrá prender una hoguera, sí. No es que tenga demasiada experiencia en esos menesteres, pero desea demostrar que no es alguien totalmente inservible.
Media hora más tarde, las llamas chisporrotean y el humo se pierde a través de una galería oscura, estrecha y enorme. Jihwa no puede demostrarlo, pero debe serlo. Se siente orgulloso de sí mismo y decide darse un pequeño homenaje. Así pues, se sienta junto a la pequeña hoguera y se retira el calzado. ¡Ah! Podría gemir de pura dicha.
Sus pies tienen un aspecto tan atroz como se imaginaba. Extraña el agua aromatizada y los suaves paños con los que acostumbraba a lavarse cuando estaba en casa. Su casa. Ojalá estar en su cuarto, entre sus mantas, regañando a los sirvientes por no llevar la comida que le apetece o por tirarle del pelo al peinárselo. Le había gustado tanto su cabellera larga y suave. Dejarse cepillar por otros era relajante y agradable. Ahora, su cabello es cortó y está tieso y sucio. Un puto asco. ¿Y si no le crece de nuevo?
Pensando estupideces y arrullado por el calor del fuego, Jihwa se queda dormido. Le despierta Mumyeong, dándole un puntapié en el talón.
—No sea perezoso.
Peces. Trae tres peces enormes, agua y unas hierbas de color verde pálido. ¿De dónde las habrá sacado?
—Limpie el pescado.
Maldito hombre desquiciante. Jihwa odia que le hable sin mostrarle ni un mínimo de respeto. Para colmo de males, le ha arrojado la comida como si fuera un chucho. No le queda más remedio que obedecer. O intentarlo. Las mejillas le arden.
—No sé cómo hacerlo.
Mumyeong le mira de reojo. Se ha retirado el hanbok. Jihwa puede ver su camisa interior. El estómago se le revuelve y es inevitable pensar en aquella noche de pasión. Ese hombre ni siquiera se quitó la ropa. Claro que Seungho no siempre lo hacía. No puede reprochárselo. No es que lo haya reconocido abiertamente, pero lo hubiera gustado acariciar su torso. Si es tan musculoso como parece, la experiencia debe ser cuánto menos interesante.
—Esas tripas no se van a quitar solas. Y las escamas tampoco.
Demonios. No puede hacerse el despistado. Mumyeong ha traído esas piezas. Es su obligación cocinarlas. Aunque no tenga la menor idea. Aunque sea repugnante y le provoque arcadas. Al final hace un desastre porque a lo mejor está más pendiente de su compañero mientras se asea que de su labor. Pero logra poner los peces sobre la lumbre para que se asen. Es una gran victoria.
Mumyeong está casi desnudo cuando se agacha frente a él. Trae el agua y las hierbas pálidas consigo. Jihwa se contiene para no acariciar el largo cabello oscuro que le cae por la espalda. Mira sus pectorales, los abdominales, los brazos fuertes y la piel salpicada de pequeños tatuajes y algunas cicatrices. Es tan sexi que se le hace la boca agua.
—Sus pies, mi señor.
Se sobresalta. Mumyeong le agarra por el tobillo, le humedece la piel y comienza a pegarle hojitas de hierba en las extremidades inferiores. Jihwa está tan sorprendido que es incapaz de reaccionar.
—No puedo prometerle que vayan a estar curados cuando nos marchemos, pero al menos le aliviará.
Le envuelve los pies con unas telas que ha sacado de entre sus enseres y vigila que el pescado no se queme. Es un tonto. Jihwa lo sabe. Es un tonto por sentirse conmovido. Seguro que Mumyeong ha hecho eso por sí mismo, porque no quiere tener que cargar con un tullido. Es mucho más fácil que Jihwa pueda seguirle el ritmo.
—Nunca me dijiste hacia dónde nos dirigimos.
—Porque no es necesario que lo sepa.
—Si hemos llegado a un país extranjero, tengo derecho a saberlo.
Mumyeong, que a esas alturas está cómodamente repantigado frente a él, vuelve a sonreír. Están en una cueva mágica. No le cabe la menor duda.
—Conozco un sitio en el que podremos quedarnos hasta que las cosas se calmen.
—¿Otro agujero en la roca?
—Es un poco más cómodo, me temo.
—¿Dónde está?
Mumyeong respira hondo.
—Más arriba.
La conversación no da para mucho más. Jihwa ha perdido la cuenta de los días que llevan juntos, pero ha aprendido un par de cosas acerca de él. La más importante: es un tipo silencioso y parco en palabras. Pese a que Jihwa siente la imperiosa necesidad de hablar para mantenerse calmado, Mumyeong rara vez le responde. Le gusta pensar que al menos escucha sus palabras.
Dan buena cuenta de los peces en un abrir y cerrar de ojos. El estómago de Jihwa ronronea de placer, ansioso por más alimentos. Sus pies le envían calambres dolorosos que tienen algo de placenteros. No puede apartar los ojos del maravilloso torso de ese hombre. Se muere de ganas por tocarlo. Ha pasado demasiado tiempo desde que mantuvo relaciones sexuales con alguien y puede que esté ansioso. O puede que sea cosa de la cueva mágica.
—Deje de mirarme así, mi señor.
Mumyeong dice eso sin dirigir la vista en su dirección. Se le nota hastiado. Jihwa sabe que se ha puesto rojo, aunque procura disimular.
—No sé de qué me hablas.
Otras de las cosas que ha asimilado acerca del asesino es que adora la acción. Demuestra lo que siente con hechos. Odia la palabrería. Por eso, todo su cuerpo se estremece cuando se mueve, veloz y certero, hasta que su rostro está a pocos centímetros de distancia.
—Me desea.
No es una pregunta. Jihwa traga saliva. Está tan cerca que apenas tendría que inclinarse un poco hacia delante para rozarle la boca con los labios. Una boca tan sensual, tan apetecible. Es lo único que tiene a mano y le parece grandiosa.
Se contiene porque en el fondo sabe que sus acciones no serán bienvenidas. Se pone a la defensiva.
—¿Y qué si lo hago?
Sería un buen momento para eliminar la distancia existente. Un sueño hecho realidad. Sin embargo, Mumyeong sonríe apenas y se aparta, aproximándose al fuego y extendiendo las manos hacia las llamas.
—Se sentirá muy frustrado.
Idiota. ¿Se está burlando de él? Jihwa aprieta los puños y quiere decirle que no le hace falta buscar su consuelo, que está perfectamente bien como está y que podría follarse a cualquier hombre que deseara sin necesidad de pagarle. Anhela desahogarse, decirle esas cosas y muchas más, pero se muerde la lengua. No quiere que Mumyeong se enfade. Si lo abandonara en mitad de esa ominosa montaña, sería su fin. Aun así, siente la imperiosa necesidad de decir algo, aunque sólo sea para quedar por encima.
—Si no quieres que te mire, deberías vestirte. No pienso ocultar lo que soy.
Mumyeong tarda un poco en responder. Jihwa no es capaz de interpretar correctamente sus palabras.
—En tal caso, está condenado a perder la cabeza. Mi señor.
Cuando se hace de noche, la cueva deja de semejarse a un lugar mágico para volverse aterradora. La oscuridad es más oscura que nunca y los sonidos, procedentes de las profundidades, son espeluznantes.
Mumyeong se metió en el futón un rato antes. Jihwa le reclamó su falta de caballerosidad y le exigió que le cediera el lecho, recordándole quién es un noble y quién no. Como es obvio, no se plegó a sus deseos. Sí le hizo un gesto desdeñoso y le animó a aproximarse a la lumbre para no quedarse helado durante la noche. ¡Ja! Como si no hubieran dormido en sitios más gélidos que aquel.
Gélidos, sí. Sucios y desagradables, también. Que den tanto miedo, nunca.
Jihwa se sienta en el suelo cuando percibe el enésimo chillido animal. Recuerda que de niño, su ama de cría relataba cuentos de monstruos increíbles que habitaban en las profundidades de la tierra y devoraban seres humanos. Esa última parte la añade por su cuenta y riesgo esa misma noche. Se imagina a un oso gigantesco apareciendo por la galería lateral y arrancándole la cabeza a Mumyeong de un zarpazo. Maldito sea. ¿Cómo es posible que tenga esa facilidad para dormir?
La idea se le ocurre de repente. Es arriesgada y un poco tonta, pero siente que no tiene más opciones. Aprovecha que Mumyeong ronca con suavidad para aproximarse a su futón. No se lo piensa dos veces antes de actuar. Si lo descubre en plena faena, seguro que se enfadará y amenazará con abandonarlo. Otra vez.
No puede acobardarse. Si desea ser capaz de descansar para reponer fuerzas, no le queda más remedio que alzar la cálida y horrorosa tela de color pardo y acurrucarse contra el cuerpo de Mumyeong. Tal vez debería importarle un poco más establecer contacto físico con un plebeyo, pero tiene demasiado miedo.
Mumyeong está caliente y parece un oasis en medio del desierto. Jihwa quiere hacer todo eso lo más profesional y aséptico posible, que el asesino comprenda que lo único que pretende es protegerse del frío y los temores infundados. Suspira cuando nota el cuerpo a su espalda. Da un respingo cuando le escucha hablar.
—¿Qué hace, señor Lee?
¡Malditos demonios del averno! Está a punto de dejar escapar un grito frustrado. Ha sido descubierto en el peor momento posible. Se siente avergonzado y la cara le arde, pero Mumyeong no puede saberlo desde esa posición. Está oscuro, no existe ninguna forma en la que pueda ver su rostro enrojecido. Así pues, no le queda más remedio que tirar de soberbia.
—Tengo tanto derecho como tú a tener el futón. Si te molesto, salte fuera.
Ha dejado las cosas bien claras. Justo detrás de él, Mumyeong no mueve un músculo. Teme que vaya a echarlo a patadas. Es más fuerte, tiene mal genio. O eso cree porque, en realidad, ese hombre tiende a mostrarse inexpresivo. Le saca de quicio. Al menos con Seungho era consciente de la clase de perversa crueldad que iba a recibir a cambio de su veneración.
—Debo confesar que me deja sin palabras.
Se guarda un montón de insultos para sí mismo. No le empuja ni vuelve a protestar. Jihwa escucha su suspiro cansado y nota cómo su respiración se vuelve cada vez más pausada. ¿Acaso se ha quedado dormido? Gira la cabeza y, efectivamente, ve sus ojos cerrados. Podría perderse en sus largas pestañas, en la línea dura y ancha de sus cejas. Sería genial acariciar la mandíbula y entreabrir esos magníficos labios. Pero no puede tocarle. Ya se ha arriesgado demasiado por una noche.
Los ruidos se repiten. Se acurruca contra el otro cuerpo. Mumyeong demuestra que sigue despierto.
—Son murciélagos. Hay una colonia al fondo de la cueva.
—¿Murciélagos?
Odia a esos bichos. Ratas con alas. ¿Existe algo más desagradable en todo Joseon?
—¿Por qué hacen tanto ruido?
—Son criaturas nocturnas, mi señor. Supongo que estarán buscando la forma de reproducirse entre ellos. O tal vez planeen un ataque para devorarle.
¿Qué puñetas…?
Mumyeong no añade nada más. Ahora sí, toma la determinación de descansar hasta el amanecer. A Jihwa le relaja el contacto con su pesado cuerpo y ni siquiera siente ninguna excitación al imaginarse cierta parte de su anatomía rozándole el trasero, pero aún está asustado. ¿Los murciélagos podrían comerle? ¿De verdad organizan orgías?
Es un estúpido. Cierra los ojos y procura conciliar el sueño. Escucha los chillidos durante horas, hasta que le duele la cabeza y su cuerpo colapsa de puro agotamiento. Al final, apenas es consciente de que Mumyeong rodea su cuerpo con uno de esos brazos musculados, en un gesto protector que ni siquiera tiene explicación.
