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En este mundo se cuenta una leyenda sobre las almas gemelas. Almas destinadas a encontrarse sin importar el tiempo o las dificultades. Almas que después de abandonar sus cuerpos para pasar al más allá se seguirán buscando, porque vivir juntos una vida sigue siendo muy poco tiempo para tanto amor.
Pero a diferencia de los soñadores, Sam Campbell sabía que esos sueños y esa vida nunca sería algo que pudiera llamar suyo. Las personas como el nunca verán la luz al final del túnel, nunca verán la soñada realización de sus tontos propósitos de año nuevo, o sentirán su corazón acelerándose al ver a sus amigos y familiares después de un buen tiempo.
Un día más un día menos, daba igual cuanto tiempo pasara. La vida de un cazador no tenía cambiantes.
Se encontraba en la biblioteca central de Kansas. La investigación avanzaba favorablemente bien, señalando a un posible Djinn. El muy maldito era tan ingenioso que hasta el momento había logrado pasar desapercibido bajo el radar de los cazadores, tapando su lucrativo negocio como suicidios.
—Al parecer la evolución favorece a todos —comentó, siendo silenciado de inmediato por la bibliotecaria.
Al salir de la biblioteca sabía con certeza que esa noche mataría a un Djinn y posiblemente salvaría a la actual cena de este.
Un almacén abandonado. Sam casi rueda los ojos ante el típico cliché. ¿Si no querían ser atrapados por qué no ponían su buffet en una casa rosa con césped maniáticamente recortado y una valla blanca? Porque por nada del mundo algún cazador siquiera se pensaría pasar por allí.
Siguiendo con el cliché, Sam se adentró en el almacén, usando la oscuridad como su aliada. Logró llegar hasta el salón de bocadillos, o mejor dicho, donde se hallaban tres cuerpos levantados del suelo con cadenas en sus muñecas. Una posición demasiado conocida por Sam como para saber que era malditamente incómoda y dolorosa.
Sam miró los tres cuerpos colgantes, dos de ellos ya marchitos. Pero el otro, el joven que en ese momento servía de alimento para el genio se veía tan relajado en su sueño de muerte que quizás fuese la mejor muerte que alguien pudiese tener. Bueno, si le quitamos lo tétrico del desangramiento en un viejo almacén.
—Un cazador —olisqueó el monstruo, dejando de lado a su actual cena—. Un poco flaco, pero por lo menos me quitaras el hambre para un desayuno —sonrió con arrogancia.
—Un idiota más que piensa que se saldrá con la suya —Sam salió de su escondite y se preparó para la confrontación—. Espero que hayas disfrutado tu bocadillo nocturno, porque esa definitivamente fue tu ultima cena —sonrió ladinamente. Cliché o no, nunca estaba demás la sensación satisfactoria al saber que un engendro más mordería el polvo.
Tal y como había pensado que seria. Los monstruos simplemente por ser monstruos pensaban que ya tenían la jugada ganada, y para Sam era un placer demostrarles que estaban tan equivocados.
Al ya no haber amenazas latentes, Sam se apresuró a tomar el pulso de los tres cuerpos, sabiendo que había acertado con su teoría. Sin tiempo que perder procedió a bajar al chico que pendía como un pedazo de res. Lo cargó hasta su coche y se dirigió al motel donde se estaba hospedando. Sam sabía que el rubio no tenía tiempo de llegar a un hospital ni mucho menos esperar a los paramédicos. Él se haría cargo y cuando estuviese fuera de peligro lo dejaría en alguna acera.
—¡Maldición, como pesa! —se quejó en un jadeo cuando logró sacarlo del coche y depositarlo en la cama, rápidamente corrió por el kit de primeros auxilios.
Para finalizar su trabajo Sam limpió, desinfectó y vendó las heridas del rubio. Sintiéndose satisfecho con su labor se permitió hacerse de una cerveza bien helada de la nevera bajo la barra de la cocina. Entre sorbos relajados se bebió todo el contenido ámbar.
El joven en la cama aún seguía profundamente dormido, pero ahora con más color en su rostro. Sam sintió un poco de envidia del rubio al ver como ocupaba la única cama de la habitación, tocándole a él dormir en el pequeño sofá de dos plazas.
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Sus párpados se sentían demasiado pesados, dificultándole la acción de intentar saber dónde estaba. Lo último que recordaba era estar en una cena familiar con sus abuelos ya fallecidos. Dean tardó más de lo normal en darse cuenta que no se trataba de un recuerdo real sino un sueño muy vivido, pero ¿cómo?
Una leve respiración le hizo darse cuenta que no se encontraba solo, donde sea que estuviese. Siguiendo el sonido de la respiración se topó con un joven algo contorsionado por estar durmiendo en un sofá tan pequeño. A simple vista el joven parecía un indigente de primera, pelo largo y desordenado que ocultaba su rostro. Sus ropas se veían viejas y llenas de sangre.
Dean se asustó al ver al prospecto de indigente con sangre en su ropa y más creció su temor cuando se vio a si mismo con vendajes con algunas motas de sangre, su sangre.
Dean decidió que no se quedaría a averiguar que pasaba allí, saldría corriendo de esa habitación porque su vida dependía de ello. Pero con tan mala suerte que al ponerse de pie le sobrevino un mareo que le llevó al suelo de manera estrepitosa.
A pesar de la mala postura para dormir, Sam se levantó con la agilidad de un felino y sin pensarlo dos veces sacó su arma de la parte trasera de su pantalón y apuntó a la procedencia del ruido.
—Veo que ya te encuentras mejor —dijo al ver que era solo el civil que había salvado del Djinn. Bajando el arma y colocando el seguro se acercó al tipo en el suelo—. Deberías de descansar.
—¿Qué me hiciste? —Dean estaba aterrado, pero no dejaría que se notara en su voz. Sin querer seguir viéndose débil y patético, se levantó con cierto grado de dificultad, tratando de poner distancia entre él y el chico andrajoso.
—Te salvé la vida —comentó, seguido de un bostezo. Sam guardó su arma en la parte trasera de su pantalón.
—¿Llamas salvarme a secuestrarme y hacerme quien sabe Dios qué? —Sin saber de dónde había salido esa furia, Dean decidió aprovecharla para encarar al desconocido.
Sam suspiró con cansancio. Si le dieran un dólar por cada vez que obtenía esa acusación ya tendría un fondo monetario para su estudio.
—Ayer te rescaté de ser desangrado hasta morir por un monstruo, un Djinn para ser exactos —Sam guardó silencio, sintiéndose un poco impaciente al no ver la típica reacción de siempre—. Este es el momento donde me dices que estoy loco y sales por la puerta sin mirar atrás.
Imágenes de cadenas y de un tipo cargado de tatuajes y con ojos azules parpadearon en su cabeza. Y si se concentraba un poco más podría recordar cómo se sentía su sangre escapando lentamente de su cuerpo.
—No creo que estés loco —comentó con lentitud, tratando de asimilar su casi muerte por un monstruo de verdad—. Gracias.
Sam corrió para llegar antes de que el rubio se estrellara nuevamente contra en suelo, el peso del chico casi lo lanza de bruces, pero logró mantenerse firme por los dos. Con cuidado logró colocar al rubio en la cama para que descansara como era debido.
El cansancio que Sam sentía no se iría mágicamente, pero si podría mejorar con una ducha y un desayuno decente. Después de arreglar su imagen de pordiosero se fue al café de enfrente para comprar comida para dos.
Su teléfono empezó a sonar en cuanto salió de la cafetería, gimió al ver el nombre de su padre en la pantalla.
—Diga —dijo, haciendo malabares para no dejar caer las bolsas en la acera.
—¡Maldita sea, muchacho! ¿Acaso pensabas responderme el año que viene? ¿Dónde te habías metido? —masculló Billy.
—Acabo de terminar con un Djinn en Kansas —comentó lo más claro posible, sabiendo que su padre odiaba su ineptitud de no hablar más alto y con claridad, según él.
—Bien. Necesito que te hagas cargo de un aquelarre en Wichita. Te estoy enviando las coordenadas —gruñó Billy—. Te necesito allí para mañana al medio día.
El silencio que Sam dejó en el aire causo un gruñido por parte de Billy.
—¿Qué sucede? —preguntó bajo y amenazador, haciendo que el menor de los Campbell se sacudiera levemente.
—Cuando llegué el Djinn tenía a un sujeto vivo y bueno, yo… —Sam se aclaró la garganta, sintiéndose como un niño que está a punto de recibir la reprimenda de su vida, que seguramente sería así—. Estoy cuidando de él.
—Dime algo, muchacho ¿tú eres un cazador o un maldito enfermero? —dijo mordazmente—. Mientras tu juegas a la casita hay personas muriendo. Quiero que muevas tu marica trasero y vayas donde yo te dije ¿eh sido claro?
—Sí, señor.
A veces Sam desearía que su padre no fuese un maldito homofóbico, desearía no haber nacido en esa vida de cazador. También desearía no temer a su padre. El ya no era un niño, pero si ansiaba desesperadamente el cariño de alguien y si el más próximo en la lista era su abusivo, alcohólico y homofóbico padre, entonces Sam soportaría un poco de porquería para sentir que era importante para alguien, que alguien necesitaba que siguiera respirando.
Con una inhalación profunda se colocó nuevamente la máscara con la que enfrentaba el día a día.
Cuando regresó a la habitación el joven aún seguía durmiendo. Sam sabía que el rubio no era su maldita responsabilidad, pero sin embargo se sentía mal dejándolo allí, solo y herido. Además, se le antojaba ver una última vez esos hermosos ojos. Lo malo era que raramente obtenía lo que quería.
Sus pocas pertenencias ya se encontraban en su bolsa de viaje, y sobre la mesa de noche descansaba una nota junto con el desayuno del chico. Sam le dio un último vistazo al rubio que dormía plácidamente en la cama y sonrió como no lo había hecho en mucho tiempo. Quizás su vida fuese una mierda, pero había cierta satisfacción al saber que el mundo aún conservaba a ese joven que si sonriera seguramente iluminaria los días más oscuros.
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Sam Campbell siempre se había mofado de ser un excelente cazador, ese era su punto fuerte. El débil era que no sabía un carajo de autos. Por eso cuando su auto falló en la interestatal 80 se vio en la penosa labor de llamar a una grúa para que remolcaran su coche, pero dada su pésima suerte se había quedado varado en un lugar dónde la señal era nula.
Maldiciendo su suerte, pateó la rueda trasera del auto. Bueno, por lo menos no estaba lloviendo y aún le quedaban unas cuantas horas de luz.
Sin mucha prisa caminó hacia la cajuela del vehículo y sacó la bolsa de armas junto con su equipaje. Tendría que caminar hacia el siguiente pueblo y de allí tomaría prestado un auto para poder seguir su camino.
Quizás había avanzado unos cinco kilómetros cuando una camioneta lo alcanzó. Tras el volante se encontraba un hombre de unos cincuenta años, calvo como una bola de billar, y con una sonrisa sacada de un catálogo dental. El hombretón le ofreció un paseó hasta el pueblo y Sam ni lerdo ni perezoso había aceptado.
Quizás veinte minutos de haber abordado el vehículo comenzó a notar una inquietud por parte del hombretón sonriente, también que se relamía los labios, o el tipo era un pervertido pensando que tenía a su próxima víctima para ultrajar, o tenía a un monstruo creyendo que pronto cenaría. Sin importar cuál fuese la categoría del tipo, fracasaría mucho antes de hacer su primer movimiento.
¡Diablos! El hombretón había resultado ser un vampiro muy estúpido, pero que por cosas de la vida se esmeraba en andar su buen fajo de billetes en el bolsillo. Sam llegó a eso de las siete de la noche al pueblo. Sabiendo que ya no necesitaría de hacerse de un auto se fue a buscar algún bar.
Estaba sentado en una silla alta y con los brazos apoyados en la barra del bar. Esa era su cuarta cerveza y ya empezaba a sentir un zumbido en sus oídos, quizás debería de parar un poco si quería continuar su camino.
Sam pudo sentir una presencia a su espalda antes de que se escuchase un carraspeo, seguido de una fuerte voz.
—¡Hey, te conozco! —dijo el desconocido.
—Lo dudo —comentó con desinterés sin siquiera dignarse a darle la cara al sujeto.
—Claro que si —insistió el desconocido.
—Quizás esa técnica te funcione para ligar, pero hoy no estoy de ánimos así que ve a buscar a alguien que por lo menos muestre interés está noche —Sam quiso mandar a la mierda al sujeto, pero decidió rechazarlo no tan cruelmente. Después de todo no era su culpa que él estuviese de malas pulgas.
—Es un alivio saber que eres gay, Sam. Mira que me la estaba jugando aquí —comentó con una risilla el sujeto.
De pronto los sentidos de Sam se pusieron alerta y se giró a ver quién era el tipo, pero en cuanto le vio todas sus capas cayeron.
—Eres la cena del genio —comentó Sam con el asombro de ver nuevamente esos ojos color jade.
—Ese mismo, pero prefiero que me llamen Dean —soltó con una genuina sonrisa—. Te invito a una cerveza ¿sí?
Sam sonrió con la alegría que no había sentido en años. Seis meses habían pasado desde la caza del Djinn y no creyó que volviese a ver al rubio que había plagado uno que otro sueño húmedo.
—Claro —Sam aceptó con torpeza la invitación, después de todo cuando se trataba de ligar y aún más con alguien del nivel de Dean, su timidez salía a relucir.
—¿Así que eres un cazador de genios? —inquirió Dean en voz baja.
Sam casi se atraganta con el trago de cerveza que tenía en la boca, ya se le había acusado tiempo atrás de ser un cazafantasmas de película, pero cazador de genios sonaba como una asesino de genios de botellas. O debería dejar de beber tanto y así dejaría de hallar hilarante las cosas sencillas.
—Más bien un cazador de monstruos —Pocas veces a Sam le gustaba presumir su profesión, pero al ver la mirada interesada en Dean sintió ganas de contarle todo, de satisfacer cada una de sus dudas y seguir hablando por siempre, porque frente a él tenía a alguien que si le interesaba lo que salía de su boca.
—¿Monstruos? —Dean preguntó boquiabierto, dirigiendo su mirada a Sam. Y saber que la última vez que lo había visto daba la impresión de estar en la indigencia.
—Son más de los que podrías asimilar, y algunos ni lo creerías.
—Vaya mierda de mundo —Dean bufó y tomó un gran trago—. Así que, ¿estas cazando, ahora?
—No, no te preocupes que no hay ningún monstruo en el pueblo, bueno que yo sepa —Sam se encogió de hombros con una sonrisa maliciosa.
—Vaya mierda de consuelo, Sammy —Dean abrió grande los ajos al darse cuenta de lo que había hecho—. Lo siento —carraspeó avergonzado.
—Está bien, nunca ha sonado tan bien como cuando sale de tus labios —para ese entonces Sam ya estaba borracho, porque jamás habría dicho algo así estando sobrio.
—¿Quieres salir de aquí e ir a un lugar más discreto? —planteó Dean, sintiendo el mismo deseo que se reflejaba en los ojos del castaño.
—Claro.
Dean se ofreció a pagar sus bebidas y a regañadientes Sam aceptó, podía sentir como sus mejillas se calentaban y esta vez no por el alcohol. Salieron del bar y comenzaron a caminar en un silencio cómodo. Sam no sabía a donde lo estaba llevando Dean, pero gustoso lo seguiría si fuese necesario hasta el recodo del mundo.
Dean guio a Sam hasta el motel donde se estaba quedando, quizás no fuese cinco estrellas pero tenía sábanas limpias.
Entre las cacerías y la eterna homofobia de su padre, a Sam le quedaba muy poco tiempo para buscarse un acostón, así que el intimar con alguien era algo que no hacía muy seguido. Quizás se viese muy necesitado o solamente cargado de lujuria, pero en cuanto la puerta de la habitación se cerró tras ellos, Sam se lanzó por la boca de Dean.
Dean estaba en el cielo al sentir el beso áspero del castaño. Sus manos se movieron rápidamente a su trasero, sintiendo como la ropa ocultaba ese perfecto traserito redondo. Habría que hacerle justicia sacándolo de esas nada cooperativas prendas.
—¿Qué tal si salimos de esta estorbosa ropa? —dijo Dean soltando los dos globos perfectos del castaño y desabotonando el botón de sus vaqueros.
—Me has leído la mente —Sam se rio entre los besos que recibía de Dean.
Fue un baile lento, una prenda le siguió a la otra hasta que ambos estuvieron desnudos en el centro de la habitación. Sam se dejó hacer cuando Dean lo guio hasta la cama y se arrodilló entre sus piernas. Sus respiraciones chocaban y se hacían una sola.
—Eres hermoso, simplemente una obra maestra —Dean paso sus manos sobre las largas piernas del castaño, degustando a ese hermoso ángel.
—Menos palabras y más gemidos —demandó Sam, queriendo cambiar de tema al estar muy poco acostumbrado a recibir más halagos que insultos.
Sam se sorprendió gratamente de la forma en la que Dean trazó su cuerpo a punta de besos, como su tacto por sus piernas, su trasero y su agujero se sintieron con deseo y no la desesperación dolorosa con la que topaba con algunos sujetos con los se iba a la cama.
Era obvio que Dean deseaba poseerlo pero también amarlo. Sam no supo qué hacer con ese sentimiento, así que simplemente se dejó llevar por las emociones del momento, cerró los ojos con gusto cuando sintió como el miembro de Dean se abría paso en su apretado trasero. Se sentía tan bien que deseó grabar a fuego esa sensación en su memoria para cuando su padre usase su homosexualidad en su contra recordar lo bien que se sentía ser follado por Dean y así importarle poco el veneno que saliese de la boca de su padre.
Sam gimió sin miedo a ser escuchado, aquí no tenía que fingir ser alguien que no era, no tenía que temer ser lastimado, y aunque fuese así estaría gozoso de recibir cada y uno de los golpes de Dean, ya que habría más amor en ellos que en toda su vida.
—Amo tu voz, Sammy —Dean colocó una mano sobre el cuello del castaño, haciendo una leve presión sin llegar a lastimar—. Quiero escuchar mi nombre saliendo de tu boca. Quiero escuchar como gime mi héroe mientras te vuelvo loco.
—¿Héroe? —farfulló a través de la neblina que envolvía su cerebro. Dean era como un soplete para su cuerpo helado.
—Salvaste mi trasero, Sam. Eres mi puto dios —Dean se adentró aún más en el castaño, quedando con los testículos al ras de ese perfecto trasero.
Sam alzó sus piernas y las entrelazó por encima de la ancha espalda del rubio para así ayudarle a profundizar aún más el contacto en su próstata. El sonido de piel contra piel era tan obsceno que Sam deseó tenerlo de tono de alarma y así despertar todos los días con una sonrisa en su cara.
Tanto Sam como Dean podían sentir como el orgasmo les cosquilleaba en el vientre, pero sin saber ambos pensaban lo mismo al querer aguantar lo máximo posible para que ese maravilloso momento no se volviese en una mirada tras sus espaldas.
Un último empuje, una espalda marcada por un rastro de uñas, unos últimos besos y una promesa silenciosa de volver a repetir el momento fue todo lo que hizo falta para que ambos sucumbieran a la explosión de sus orgasmos.
Dean se desplomó brevemente sobre el pecho del castaño, respirando como si acabase de correr un maratón. A los pocos segundos se apartó para quedar de espaldas al colchón y tender los brazos en una silenciosa invitación.
Sam aceptó gustoso esa invitación y sin nada en mente se metió entre esos cálidos y fuertes brazos. Pudo sentir como Dean acariciaba su espalda y besaba su frente; y por un segundo deseó que ese momento durase para siempre.
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Lastimosamente la mañana llegó demasiado pronto para el gusto del menor y la separación era irremediable. Sam sabía que era hora de volver a la realidad de lo que era su vida, era hora de tomar sus cosas y seguir su camino en busca del siguiente monstruo que tenga que matar o el que le ponga fin a sus días.
Esas horas compartidas con el rubio habían sido como rayos de sol en su mundo de oscuridad. La vida no era como en las telenovelas, por muy especial que hubiese sido esa noche para él sabía que su vida era un desastre y que dentro de poco recibiría la siguiente coordenada de su padre. Además, no quería arriesgarse a que su interés en el rubio atrajese la atención de algún ser sobrenatural en busca de venganza.
Lo mejor era marcharse lo más rápido posible y no mirar atrás.
Una voz ronca lo sacó de sus pensamientos, trayéndole de vuelta a la realidad, a lo que había sucedido la noche anterior y a lo que sucedería a continuación.
—Buenos días —Dean se giró y se sorprendió de darse cuenta que lo que había vivido la noche anterior había sido real y no una jugarreta de su mente.
—Buenos días —le devolvió la sonrisa a Dean, deseando ver esa imagen más seguido.
Las pocas veces que había amanecido con alguien siempre era un momento incómodo al no saber que decir o cómo actuar ya que todo se había basado en sexo simple y llanamente, pero con Dean era otro cantar, no había incomodidad. Lo que ellos habían tenido había sido mucho más que un acostón desesperado y dolía saber que tenía que dejar eso atrás y avanzar en su loca, triste y solitaria vida de cazador.
—Hey, Sammy ¿estás bien? Te veías un poco desconectado de… bueno, de todo —preguntó Dean, colocando su mano en la mejilla del castaño.
Dean parecía genuinamente preocupado y eso ablandó un poco sus intenciones de salir huyendo de allí. Quizás podría quedarse un poco más, empaparse de esa luz que el rubio irradiaba y que en su vida se había extinguido hace ya muchos años cuando había aprendido a sostener su primera escopeta siendo tan solamente un niño.
—Sí, estoy bien. He tenido una semana agitada y en algún momento me tenía que pegar el cansancio —suspiró con cansancio real.
—Lamento que tenga que ser así, ya sabes, andar por todo el país matando monstruos, arriesgando tu vida.
La preocupación de Dean era tan genuina que Sam por momentos se pensaba si acaso estaba soñando para pronto despertar en un viejo auto a las orillas de un bosque.
—Alguien tiene que hacerlo —Sam se encogió de hombros despreocupadamente, ya no venía al tema los arrepentimientos.
—Ojala no tuvieses que ser tu —atrajo a Sam hacia su pecho.
Pensar que Sam podría morir a manos de uno de esos temidos monstruos le helaba la sangre. Sam era un ser bondadoso y tan fuera de lugar en ese mundo de maldad que Dean deseó poder abrazarle y nunca dejarle ir, a su lado estaría a salvo, caliente, alimentado y sería feliz.
—Pero si no fuese un cazador seguramente tu cuerpo ya se estaría pudriendo entre moscas y gusanos —Sam respondió con una sonrisa maliciosa—. Aunque a estas alturas creo que ya solamente tus tristes huesos estarían.
—¿Nunca te han dicho que eres encantador con las palabras? —Una mueca de desagrado plagó las facciones del rubio, Sam río con gusto.
—Todo el tiempo —Sam no planeó que al final se filtrase una nota de tristeza en su voz, la mirada que Dean le dedicó le hizo saber que él también había escuchado el tono.
—Hey, Sammy, mírame —tomó el rostro del castaño entre sus manos, queriendo borrar todo rastro de tristeza de esa multicolor mirada—. Sabes, no tuve la oportunidad de agradecerte por salvarme la vida —agregó en un susurro cálido e íntimo.
—Ya lo has hecho —añadió, hundiendo su rostro en el cuello del rubio, inhalando la fusión de olores que componían a Dean—. Me diste una noche para recordar siempre.
Dean apretó con fuerza a Sam tras esas palabras, ¿qué tan solitaria sería la vida de ese diamante en bruto que era Sam?
—Entonces, déjame agradecerte un poco más —comentó inclinándose sobre los labios del castaño, fusionándose en un beso abrazador de esos que dan la sensación de morir y resucitar al mismo tiempo.
Los agradecimientos pasaron de la cama a la ducha, trayendo consigo al medio día. Inevitablemente cada quien tendría que seguir su camino.
—Fue agradable, ojala no te tuvieses que marchar —comentó Dean, parado fuera de la habitación de motel con las llaves de su nena en la mano.
Sam estuvo tentado de decir que el también deseaba no tener que irse, no tener que ir a algún lugar, poder aferrarse a alguien para no hundirse en la miseria que eran sus días y noches, pero en el proceso de aferrarse también podía hundir a esa persona y por nada del mundo quería un destino tan desdichado para este apuesto y perfecto chico. Era mejor así, cortar de raíz cualquier sentimiento antes de que se instalara en su corazón.
—También pienso que esto fue agradable, pero tengo que seguir, salvando personas, cazando cosas, el negocio familiar —repitió en letanía las palabras con las que trataba de darle significado a su existencia.
—Vaya, maldito negocio familiar —gruñó el rubio con un despectivo bufido— ¿Nos volveremos a ver?
—Quizás —respondió en voz alta, porque en su cabeza comentó esa vocecita traidora que claro que vería al rubio, cada noche estaría en su cabeza el recuerdo de esa tarde, calentando su cuerpo y alma. Manteniéndolo vivo hasta que el recuerdo se agotase y bajase de la montaña emocional en la que se encontraba.
Con suerte, si la caída era lo suficientemente fuerte lo mataría.
—Intercambiemos números y así podremos saber del otro, o bueno, ya sabes en caso de que un monstruo quiera comerme tendría en marcación rápida a mi héroe personal.
—¿Si te doy mi número dejaras de avergonzarme? —Sam podía sentir como su cara se calentaba.
—Quizás —sonrió triunfal. Tirando del castaño para tenerlo una vez más entre sus brazos—. Cuídate, Sammy.
—Lo haré, espero lo mismo de ti —besó por última vez esos carnosos labios.
Tal y como había sabido, la burbuja de fantasía había llegado a su final y ahora solamente le quedaba el recuerdo, como un muy buen sueño del cual no se quiere despertar.
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Más de una vez Sam se había perdido pensando en el paradero de Dean, su profesión, qué gustos podían tener en común. Soñaba despierto ya que dormir era algo que casi no lograba al estar siendo mandado de un extremo del país al otro.
Las charlas con el rubio eran a veces hablar durante días seguidos para luego ser solamente una vez a la semana, si es que no estaba muy atareado entre las cacerías.
Hubo una charla en particular que se subió de tono y terminó siendo algo sucio y gloriosamente placentero. De hecho hubo muchas conversaciones así, ya era algo rutinario, por eso no se acordó o preocupó cuando su padre le pidió el móvil para llamar a otro cazador ya que el suyo estaba hecho añicos por el último encuentro con un hombre lobo.
Sam no prestó atención a su padre, simplemente se centró en el mapa que se encontraba tendido sobre el capote de la camioneta de Bill, tenían que salir de ese bosque y centrarse en la próxima cacería.
Minutos más tarde un enfurecido Bill apareció, tomando por sorpresa a su hijo, propinándole un puñetazo en la cara.
—¿Qué diablos...? —Sam no tuvo tiempo de terminar la oración y mucho menos de prepararse para el siguiente puñetazo que le sacó todo el aire del estómago.
—¡¿QUÉ TE DIJE DE SEGUIR COMPORTÁNDOTE CÓMO UN ASQUEROSO MARICON?! —gritó histérico, el rostro enrojecido y saliva saliendo de su boca conforme gritaba ciego de ira.
Sam se congeló. El teléfono. Dean.
Él era adulto de veintitrés años, pero en ese momento volvió a ser ese niño asustado por la bestia que era su padre.
—Papá...
—¡Cállate! No te atrevas a decirme así con esa asquerosa boca chupa pollas. Dios, si tan solamente tu madre pudiese ver la cosa asquerosa en la que te has convertido, si tan solo ella no hubiese muerto para salvar tu plumífero trasero.
Y por un demente momento Sam agradeció a sus estrellas de la suerte cuando su padre dejó de clavarle insulto tras insulto y comenzó a darle una lluvia de puñetazos y patadas.
Su cuerpo era fuerte y estaba acostumbrado a los golpes, pero su mente era algo frágil y su ya deteriorada estabilidad mental se tambaleaba con cada insulto acerca de su sexualidad y también el hecho de que estaba vivo porque su madre se había interpuesto en el camino de un demonio, saber que estar vivo le había costado la vida a alguien dolía y más si ese dato era restregado en su cara todos los días como sal en una herida.
Cuando Bill terminó con él, Sam no se molestó en levantarse, o llorar, o maldecir, o quedarse en el mundo de la conciencia. Rápidamente y por dicha se deslizó a la oscuridad.
Despertar fue tan divertido como un golpe en los bajos. Todo su cuerpo era una agonía y seguramente su cara una pulpa sangrienta. No fue hasta después de media hora que logró sentarse que se dio cuenta que se encontraba en el suelo del bosque, solo, sin auto ni armas. Había sido dejado a su suerte tras una paliza de cuidado.
Mientras permanecía sentado en el húmedo pasto, viendo las primeras luces del amanecer, Sam se cuestionó muy seriamente dejar las cadenas que lo retenía, siempre pensó que con Bill en su vida era suficiente, que aquello era una extraña y enferma clase de amor, algo a lo que aferrarse para no hundirse, pero conforme pasaba el tiempo y recibía insultos, golpes, desprecio, se dio cuenta que se estaba hundiendo más que estando solo.
Con Bill tenía que fingir ser un "hombre de verdad", como pararse, hablar, reír, a quien mirar en un bar, al lado de su padre todo era una maldita farsa, diciéndose que hacía eso para no estar solo, pero al actuar como alguien quien no era es cuando más solo estaba. Pero con Dean no tuvo que fingir, con Dean fue como dejarse llevar con la corriente y encontrarse a sí mismo a lo largo del camino.
El ponerse de pie fue un intento precario y patético, una vez que estuvo sobre sus piernas logró una vista panorámica de su alrededor y allí fue cuando a unos metros divisó su teléfono aplastado, seguramente bajo la bota de su enfurecido padre.
Una sonrisa triunfal nació de su rostro adolorido. Por suerte siempre había sido un maldito paranoico y había aprendido a tener copia de todo, así que, en su habitación de motel estaba esperándole un teléfono de repuesto con el número del rubio.
Salir de ese maldito lugar fue un proceso largo y agotador, pero en cuanto llegó a la carretera corrió con la suerte de ser interceptado por un grupo de hippies que sin preguntar el cómo o el porqué de su estado actual decidieron llevarle hasta el mismo estacionamiento de su hotel.
La idea principal era llegar y escribirle a Dean, pero tal parecía que ser apaleado y luego tener que caminar unos cinco kilómetros era su límite, nada más tocar la cama cayó rendido, pero no sin olvidarse con soñar con cierto rubio pecoso.
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Con cada despertar en su vida Sam se dio cuenta que sólo había dolor.
Una extraña añoranza invadió sus sentidos y al sentirse tan abrumado por el dolor y el vacío que se empezaba a hacer en su pecho ante los pensamientos desastrosos, optó por acudir al recuerdo de Dean, a la noche que habían compartido, esa noche que había sido la mejor de su vida.
Los pensamientos con el rubio se veían interrumpidos por las olas de dolor. Sabiendo que conforme avanzase el día su condición solamente empeoraría, optó por tragarse tres pastillas de oxicodona y seguir soñando despierto con lo unico que en ese momento le daba un motivo para seguir respirando.
Sam siempre había sido peso ligero para los analgésicos y más aun si los tomaba con el estómago vacío y más de la dosis recomendada. Al cabo de una hora Sam estaba alto como un cometa y no tuvo reparos en cortar el recuerdo de esa noche con Dean y levantarse a coger el teléfono de repuesto.
—Dean Winchester.
—Es bueno saber tu apellido —sonrió Sam, saboreando esa voz ronca a través del teléfono.
—¡Sammy! Con un demonio te he estado mandando mensajes y llamando y salía que el número estaba fuera de servicio. Como se te ocurra volver a cambiar de número sin avisarme verás como me las cobro.
La primera reacción de Dean al escuchar esa angelical voz fue de gozo y alivio, la ausencia del chico le había preocupado aún más sabiendo de qué iba su trabajo, pero fue entonces cuando escuchó su voz relajada y algo atontada como si estuviese bajo el efecto de algo fuerte, Dean explotó en una ola de preocupación y reproche.
—Lo siento, no fue mi intensión que mi teléfono terminase siendo aplastado por el temible monstruo —Sam se rio como si del mejor chiste se tratase, y quizás si fuese así.
Dean reaccionó ante las palabras "monstruo" y "aplastado", ya que, si el teléfono de Sam había sido aplastado, ¿en qué estado se encontraría su Sammy? El pánico monopolizó cualquier pensamiento en su cabeza y su principal prioridad era encontrar al castaño y hacer una valoración de daños y reparar con besos y caricias cualquier herida.
—¿Dónde estás? —más que una pregunta fue una exigencia.
—¿Qué? —Sam se perdió en la exigencia, ¿qué más daba su ubicación?
—¿Dónde estás, Sam? —Dean enfatizó, dejando muy en claro que no quería evasivas.
—En mi cama —comentó a través de un bostezo.
—No te atrevas a dormirte, ¿en qué estado te encuentras? Dame algo con lo que trabajar —agregó con súplica.
—No entiendo a qué quieres llegar con esto, yo solo quería escuchar tu voz y ahora me estás gritando —Sam sabía que era gracias al subidón de pastillas por lo que estaba casi llorando en la línea.
—Oye, lo siento. Yo también estoy muy feliz de escucharte y me haría más feliz saber dónde estás —Dean esperó con ansias la respuesta, las llaves de su nena descansaban en su mano.
—Esta bien —Sam sorbió y se secó una lagrimilla traidora que había escapado—. Si eso te hace feliz esta bien.
Dean escuchó atentamente el balbuceó del castaño, unos minutos después de dar la dirección Sam sucumbió al sueño.
Horas después cuando la tarde había caído Sam fue despertando, por una vez tuvo un magnifico despertar. Su rostro se sentía claramente adolorido y pero había cierta frescura que no estaba allí antes, y era maravilloso.
El sueño se pegaba a sus párpados, invitándole a seguir durmiendo, pero su vejiga solicitaba una ida al baño. Sam se levantó con dificultad, agradecido por las luces encendidas. Después de realizar su negocio en el baño, salió y se sentó en la cama, pensaba seguir durmiendo, pero de pronto recordó que en ningún momento había encendido las luces de la habitación.
—Vaya reflejos de cazador los que tienes, Sammy.
Y justo antes de poder entrar en pánico por la presencia en su habitación, Sam se relajó hasta el punto de casi volverse papilla. Solamente había una persona que le llamaba así.
—¿Dean? —preguntó ante lo obvio, no queriendo hacerse ilusiones ante una posible alucinación por fiebre.
—El unico e inigualable —una sonrisa preocupada plasmó las facciones del rubio—. Sam, ¿cómo estás?
—Bien —suspiró, meneó la cabeza sintiendo que no podía mentir frente a Dean—. No estoy bien, pero ahora que estas aquí puedo estar mejor.
—Yo te cuidaré —Dean agregó con cariño.
Dean se movió hacia la cama y sin pronunciar una sola palabra se quitó la ropa, quedando en camiseta y bóxer. Atrajo a Sam a su pecho cuando se encontró cómodo en la pequeña cama.
—Duerme, cariño. Descansa, yo te cuidaré —Dean besó el cabello de Sam.
Cuando la respiración del menor se ralentizó, Dean se permitió llorar de alivio al tener a su chico entre sus brazos. Cuando al fin hubo llegado al motel y forzado la puerta con un par de ganzúas la imagen que recibió le dejó helado. Dean dio gracias a sus estrellas de la suerte que Sam solo estuviese a tres horas de su dirección.
Sam yacía acurrucado en la cama, pequeño y frágil, con su hermoso rostro cubierto de golpes, cortes y sangre. Si no hubiese sido por el movimiento del pecho, Dean pensaría lo peor.
No tardó mucho en recuperarse de esa dolorosa vista, tenía que ponerse en marcha y revisar que no estuviese herido de muerte.
Con un paño húmedo lavó con cuidado la piel de la cara y cuello. Por lo menos lo que Sam se hubiese metido todavía le había impedido sentir la mordedura del desinfectante en su piel rotativos.
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Sam sonrió sin abrir del todo los párpados. Era real, Dean estaba allí y lo sostenía entre sus brazos. Tanta fue la bruma de sus emociones que lágrimas silenciosas rodaron por las esquinas de sus ojos.
—Oye —Dean apretó a Sam, dándose cuenta que su patrón de respiración había cambiado—. ¿Cómo te sientes?
Tal pregunta solamente aumentó la presión en el pecho del castaño. La respuesta a esa pregunta siempre había sido un escueto bien, pero por dentro era un caos de dolor emocional inimaginable. Pero en ese momento, Sam se sentía bien, tan bien como nunca se había sentido y era tan abrumador que le asustaba.
Un sollozo escapó de sus labios y antes de darse cuenta se encontraba volteado al pecho de Dean, siendo acunado por esos fuertes brazos, recibiendo besos y palabras que no eran de odio ni humillación.
Media hora después Sam dejó de llorar y pudo disfrutar el calor de esos brazos. Dean solamente se quedó allí sosteniéndole, sin hacer preguntas.
—¿Qué tal si tomamos un baño y quemamos esa ropa? —Dean sugirió con una sonrisa tranquila en su rostro. Dándole tiempo a Sam para que se movieran cuando él estuviese listo.
Sam caminó hacia el baño, sintiéndose entumecido al ya no tener analgésicos en su sistema.
—Vamos, hermoso, yo te cuido.
Fiel a su palabra, Dean se metió al baño con Sam y con mucho cuidado y esmero lavó su cuerpo y luego tuvieron sexo ligero.
Una vez bañado y con ropa cómoda, Dean respiró con tranquilidad al saber que aunque su chico estaba muy golpeado, sus lesiones no eran de vida o muerte.
—¿Esto lo hizo un monstruo? —Dean acarició los mechones húmedos, mientras que Sam se apoyaba en el hombro de Dean, metiendo su cara en el cuello del rubio.
—No, no fue un monstruo —respondió sin más.
—¿Humano?
Ante el asentimiento de Sam, Dean se tensó y separó a Sam de su refugio para mirarlo a los ojos, esos hermosos ojos que nunca deberían de ver tanto dolor.
—Un monstruo entonces —hizo callar a Sam antes de que pudiese protestar—. Solo un monstruo es capaz de hacerle esto a otra persona, en especial a ti, Sam. Eres la mejor persona que conozco y sé que no mereces un acto tan atroz.
Nuevamente conmovido por palabras tan hermosas y caricias tan cariñosas, Sam se sintió morir de amor.
—Gracias —Sam pensó que debería de agregar un “gracias por existir” o “gracias por querer algo roto”.
—Nada de eso, soy yo quien tiene que agradecerte, salvaste mi vida y como si fuese poco me diste el privilegio de amarte.
—Después de esa última frase no puedes negar que te encantan las telenovelas —Sam sonrió a través de sus lágrimas, por muy cursi que fuesen esas palabras, Sam las enmarcaría en lo más profundo de su memoria.
—Oh, cállate y dime que me amas —bromeó, añorando escuchar dichas palabras.
—Te amo —dijo Sam, viendo como Dean abría los ojos como platos y luego sonreía grande.
—Yo también te amo, cariño.
Dean se preguntó si nuevamente había sido capturado por un Djinn y estaba muriendo desangrado muy lentamente mientras tenía la fantasía más hermosa.
Sam compartió la misma alegría de Dean, pero tan rápido como su sonrisa había aparecido se esfumó.
—¿Qué sucede? —Dean cuestionó con preocupación—. ¿Te sientes mal?
—No es eso, es… te irás de mi lado —Sam agregó con la mirada baja y el pulso cardíaco acelerado.
—¿De dónde sacas eso?
—Yo soy un cazador, Dean. Somos de estilos de vida distintos, si no hubiese sido porque un monstruo te quiso comer seguramente nunca nos habríamos visto.
Sam se movió en la cama separándose de los brazos del rubio, dolía estar cerca sabiendo que pronto sus caminos se separarían nuevamente.
—Tienes razón, si no hubiese sido por ese monstruo nunca sabría de lo afortunada que podría llegar a ser mi vida. Antes de conocerte sentía que algo me faltaba y al encontrarte me siento completo, así que, por nada del mundo te dejaré ir.
—No sabes lo que dices, ¿estás dispuesto a renunciar a tu trabajo, a tu familia, amigos? No puedes dejar tu vida atrás por alguien como yo —ante esa última frase sintió como su voz se quebraba.
—¿Alguien como tú? —comentó Dean, haciéndose el desentendido.
Sam subió los pies al sillón y se abrazó las rodillas, creando una muralla para resguardarse del mundo. Respiró profundo y soltó la realidad de lo que era su vida, una realidad a la que alguien como Dean no pertenecía.
—Roto —añadió con amargura—. Soy un desastre que solamente te traerá desgracia.
—No creo que seas un desastre, Sammy —Dean posó muy lentamente su mano sobre la rodilla del castaño.
—Solo le traje desgracia a mi madre y para mi padre también soy una desgracia.
Sin poder evitarlo al mencionar a Bill, Sam se llevó una mano a las costillas y su rostro se contrajo en el típico dolor de las palabras hirientes que venían acompañadas de golpes.
—Fue él ¿no? —Dean se tensó en furia mal contenida.
—Esta bien, no fue tan grave —comentó restándole importancia.
Dean se quedó atónito ante lo que escuchaba, cuantas veces tuvo Sam que tener ese trato de violencia para creer que recibir violencia de su padre estaba bien.
—Ser golpeado hasta crear un mosaico de colores no esta bien. No está bien, Sam, y no me importa cuantas veces tenga que repetírtelo para que entre en esa cabeza, pero lo haré.
—Entonces no te iras —Sam suspiró con derrota—. No puedes abandonar tu vida por mi, Dean, se racional.
—¿Quieres saber que es mi vida? Bueno, mi vida es trabajar en una óptica móvil, me muevo por todo el país vendiendo lentes. Mis padres viven en Kansas y los visitó cada que puedo, mis amigos son unos malditos pomposos presumidos los cuales no tengo deseos de ver. Mi vida es tan aburrida que cuando me capturó el genio tuve un momento de extraño regocijo de salir de la rutina asfixiante —Dean tomó aire y mantuvo una firme mirada sobre Sam, no queriendo que se perdiese lo que estaba por decir—. Me pides que sea racional, pero si me voy de tu lado y sigo con mi mundana vida estaría quitando lo unico bueno en mi vida. Tu eres lo que no sabía que me faltaba.
Sam nunca se había atrevido a soñar con cosas tan mundanas como los amigos, el amor o las fantasías de las almas gemelas, pero ahora que tenía en frente a su alma gemela, su otra mitad, Sam estaba más que dispuesto a creer en algo más que la maldad que asechaba desde las sombras.
—Bienvenido a la vida de cazador donde no hay horarios de sueño, mucha comida chatarra, beber cerveza con el desayuno, engañar en el billar para ganar dinero porque nunca nos pagan por las cacerías, ser los buenos de la historia y disparar o cortar cabezas a los malos, ¿aún te interesa?
—Con baby y contigo a mi lado esto suena como el tipo de vida que quiero llevar por siempre.
—Te amo, Dean —Sam se atrevió a saborear esas palabras en su boca, disfrutando del resultado. Si, las diría a diario.
—Y yo a ti, mi héroe —Dean besó con ternura esos embriagadores labios.
Dean se juró que le devolvería el favor al castaño, desde ese momento sería el guardián de ese chico tan magnífico.
Sam ya no necesitaba vivir de ilusiones de cariño, ahora tenía alguien que realmente se preocupaba por el.
Era tiempo de dejarse amar y sobretodo empezar a amarse un poquito más.
Sam salió de su posición de seguridad y se acurrucó entre los brazos de ese magnífico hombre el cual seguramente poseía un extremo de un hilo rojo atado a su meñique, mismo hilo que sellaría sus destinos por las siguientes vidas.
