Chapter Text
—¡Chamaco malagradecido! —el grito está lleno de rabia.
Wei Wuxian intenta hacerse bolita para protegerse.
Sus esfuerzos son inútiles; Zidian vuelve a marcarle otra línea profunda en la espalda. El dolor ya era insoportable, pero cuando el látigo abre una herida nueva sobre la carne viva, Wei Wuxian no puede evitar soltar un grito.
—¡Cállate la boca! —le exige Yu Ziyuan.
Él se muerde el labio con todas sus fuerzas. Solo quiere que el castigo se detenga. Si para eso tiene que irse de la Secta Jiang, lo haría sin pensarlo dos veces.
Su "hermano", Jiang Cheng, lo trata como si fuera basura, y la señora Yu es todavía peor. Wei Wuxian sabe perfectamente que el tío Jiang solo lo tolera porque ve en él el reflejo de su madre; de no ser por eso, ni siquiera lo habrían aceptado en la secta.
Jiang Yanli es otra historia. Ella es un ángel, pero sus esfuerzos no bastan para evitar que a él lo castiguen todo el tiempo. Este azote es apenas uno de los tantos que ha tenido que aguantar en lo que va de la semana.
Wei Wuxian aprieta los dientes cuando Zidian le cruza la espalda una vez más. Está hincado en el suelo, con el pecho y la espalda descubiertos al aire frío; el último golpe casi hace que se estrelle de cara contra el mármol, y sabe por experiencia que, si se cae, le va a ir todavía peor.
Al final, el dolor es demasiado y empieza a perder el conocimiento. Cierra los puños tratando de no desmayarse, pero un último latigazo le envuelve la parte superior de la espalda y le alcanza a rozar la cara, desatando una agonía que lo hace retorcerse.
Su último recuerdo antes de perder el sentido es ese dolor punzante y el agarre de hierro de la señora Yu, quien lo arrastra por el cabello fuera del pabellón.
Wei Wuxian abre los ojos y por un instante regresa a la realidad. Lo llevan arrastrando de un brazo con tanta fuerza que el movimiento le desgarra las heridas de la espalda. Grita de puro dolor, pero solo recibe una bofetada seca en la cara. Trata de encogerse lo más que puede mientras la señora Yu lo sujeta con firmeza, pero no sirve de nada.
A lo lejos, alcanza a ver a Jiang Cheng observándolos, pero su supuesto hermano no tarda en darle la espalda para seguir jugando con sus perros. A Wei Wuxian se le parte el corazón al darse cuenta de que, otra vez, lo han dejado solo; el niño al que consideró su hermano durante los dos cortos años que pasó en el Muelle de Loto, simplemente no se interesa por él.
Wei Wuxian se muerde la lengua para no volver a gritar cuando la señora Yu se detiene a la orilla del muelle y lo jalonea para poder cargarlo. Al mirar atrás, ve al tío Jiang de pie en el mismo lugar donde estaba su hijo, sin mover un solo dedo para detener a su esposa. En ese momento, Wei Wuxian recuerda la silueta púrpura que vio de reojo mientras lo azotaban y comprende que Jiang Fengmian estuvo ahí todo el tiempo. La sensación de traición lo invade, pero se obliga a reprimirla de inmediato.
Se siente agradecido por la comida, la ropa y la educación que recibió estos dos años, pero incluso él sabe que preferiría estar en la calle antes que ser golpeado todos los días. Al menos en la calle era libre. No es que no valore lo que la familia Jiang hizo por él, es que solo un loco querría quedarse en un lugar donde lo maltratan así.
Wei Wuxian no tiene idea de cómo se va a recuperar de esto; siente que su mente se cae a pedazos y la desesperación lo consume. ¿Cómo va a sobrevivir en la calle? Porque es obvio que el plan de la señora Yu es abandonarlo a su suerte.
Cuando ella lo vuelve a sacudir para acomodar su agarre, el dolor es tan fuerte que Wei Wuxian termina por desmayarse. Acepta la oscuridad con alivio; no quiere pensar en el futuro, al menos no por ahora.
Cuando Wei Wuxian vuelve en sí, se da cuenta de que alguien lo lleva cargando de la cintura como si fuera un costal de papas. Intenta no moverse lo más mínimo, pero en cuanto la persona que lo carga lo acomoda con brusquedad, no puede evitar soltar un quejido de dolor. Al instante, la voz de la señora Yu resuena regañándolo; en ese momento, Wei Wuxian se queda callado y jura para sus adentros que, si eso es lo que ella quiere, no volverá a dirigirle la palabra nunca más. Es más, tal vez no vuelva a hablar nunca.
Siente un sacudida cuando la señora Yu aterriza tras bajar de su espada. Al mirar a su alrededor, reconoce de inmediato las calles de Yiling. Vivió ahí más de cuatro años, hasta que cumplió los diez. Ahora solo tiene doce, y Wei Wuxian duda seriamente que pueda conseguir comida para sobrevivir, y mucho menos para sanar sus heridas.
La señora Yu lo empuja al suelo y él se desploma al instante. Varias de las heridas en su espalda ya habían empezado a cerrar, pero el movimiento tan tosco arruina por completo cualquier intento de cicatrización. Wei Wuxian se aguanta una mueca de dolor y no dice ni una palabra cuando la señora Yu se da la vuelta y se marcha sin despedirse.
Ella desaparece pronto de su vista y Wei Wuxian se queda completamente solo. Sabe perfectamente que no debe esperar a que nadie venga a buscarlo; a nadie le importaba en el Muelle de Loto, y mucho menos le va a importar un niño de la calle en Yiling. Al menos ahora tiene su núcleo dorado, pero siente que ni eso es suficiente.
Se lleva la mano a la cara para tocarse la cortada que le cruza el pómulo casi verticalmente y hace un gesto de dolor. Retira la mano empapada en sangre y sabe que su espalda debe estar igual o peor. Con sus últimas fuerzas, se arrastra hacia un callejón y, justo cuando está por perder el conocimiento, escucha el ladrido de un perro. Incluso en ese estado, Wei Wuxian reacciona al ruido y se pone tenso por el miedo.
Pensó que, ahora que la señora Yu no estaba, al menos podría llorar o quejarse, pero se da cuenta de que no sale ningún sonido de su boca. No entiende qué está pasando; sus cuerdas vocales no están dañadas, pero por más que intenta hablar, simplemente no puede. Sin importar este descubrimiento, Wei Wuxian no está en condiciones de seguir despierto. Se queda a la deriva, pensando vagamente en el Muelle de Loto, ese lugar al que nunca pudo llamar "hogar".
Wei Wuxian agradece que, al menos, no tiene mordidas de perro en los brazos ni en las piernas. Sabe que esas heridas se infectan de volada, pero en cuanto hace el menor movimiento, el ardor punzante en su espalda le recuerda que los perros no son su único problema.
Su estómago ruge y él hace una mueca de dolor; incluso ese pequeño gesto le lastima la herida del pómulo. Tiene el ojo tan hinchado que no puede abrirlo, y solo le queda rezar para no perder la vista, aunque en el fondo sabe que sus probabilidades de sobrevivir son casi nulas. Aun así, se obliga a sacudirse esos pensamientos oscuros de la cabeza; Wei Wuxian quiere vivir y no piensa quedarse ahí compadeciéndose de sí mismo.
Apretando los dientes, intenta ponerse de pie, pero un dolor cegador lo atraviesa y cae de seco al suelo. Sus ropas se empapan de sangre fresca otra vez y un escalofrío lo recorre de pies a cabeza. Si no puede levantarse, no puede caminar, y si no puede caminar... bueno, ya sabe lo que sigue.
Se acurruca contra la pared e intenta jalar energía de su núcleo dorado. Sabe que su núcleo ya está trabajando a marchas forzadas para tratar de calmar el dolor de su espalda, pero no es suficiente. Aunque ha crecido bien, todavía es pequeño; una transferencia de energía espiritual le caería de perlas en este momento, pero no hay nadie para dársela.
Las siguientes horas son un infierno. Conforme cae la noche, el frío cala hasta los huesos y todo empeora. Temblando por el clima, las heridas y el hambre que no le da tregua, Wei Wuxian finalmente cae en un sueño intranquilo cuando la luna ya está en lo más alto del cielo.
Los siguientes días pasaron casi igual, con Wei Wuxian hecho bolita contra la pared. No podía ir a ningún lado y, aunque sus heridas ya empezaban a hacerse costra, cada vez que intentaba moverse la cosa solo se ponía peor. A estas alturas le sorprendía seguir vivo, pero se dio cuenta de que probablemente su núcleo dorado tenía algo que ver; no tenía fuerzas para darle muchas vueltas al asunto, pero teorizar sobre eso era mucho mejor que pensar en su supervivencia.
De repente, Wei Wuxian escuchó que alguien lo llamaba por su nombre cerca de ahí. Casi da un brinco del susto, pero recordó a tiempo que moverse era una pésima idea. Al ladear un poco la cabeza, se topó con la mirada de un hombre que imponía muchísimo respeto. Era alto, de complexión robusta y tenía una expresión tan serena que no dejaba ver ni una pizca de emoción; sin embargo, emanaba un aura que gritaba "poder" por todos lados.
Al fijarse en las túnicas blancas con bordados de flamas escarlata, Wei Wuxian supo que se trataba de alguien de alto rango en la Secta Wen. A su lado estaba una joven y, al verla bien, Wei Wuxian abrió los ojos de par en par: era Wen Qing, la sobrina de Wen Ruohan y una doctora apenas unos años mayor que él. Wei Wuxian pasó saliva con dificultad; eso significaba que el hombre que lo observaba era el mismísimo Wen Ruohan, el poderosísimo líder de la Secta Qishan Wen.
Pero, en lugar de hacerlo cenizas ahí mismo, Wen Ruohan se arrodilló junto a él. Wei Wuxian se encogió sobre sí mismo, consciente de lo facho que debía verse, especialmente comparado con aquel niño tan parlanchín que Wen Qing y Wen Ning habían conocido en una conferencia de discusión el año pasado. Por la forma en que Wen Ruohan lo miraba, Wei Wuxian se dio cuenta de que él también lo había reconocido de esa vez.
—Wen Qing —llamó Wen Ruohan.
Wen Qing ya se estaba hincando a su lado para empezar a revisarlo.
Él seguía sin sentir la necesidad de hablar; incluso cuando el dolor le caló hondo, no soltó ni un quejido.
—¿Wei Wuxian? —preguntó Wen Ruohan.
Wei Wuxian parpadeó, mirándolo. El hombre parecía esperar una respuesta verbal, pero él simplemente no encontraba las fuerzas para dársela. Al final, solo asintió lentamente para reconocer al líder de la secta.
—¿Esto fue obra de la señora Yu? —volvió a preguntar Wen Ruohan.
A Wei Wuxian le sacó de onda lo amable que sonaba. Había escuchado que el líder Wen era capaz de cosas horribles, y de todo lo que esperaba de él, la amabilidad no estaba en la lista. Wei Wuxian asintió de nuevo y una expresión de asco cruzó fugazmente el rostro de Wen Ruohan antes de desaparecer. Entonces, sintió que el hombre lo levantaba en brazos y empezaban a avanzar por la calle.
Después de unos quince minutos, cuando Wei Wuxian finalmente se convenció de que no le harían daño, por fin se permitió relajarse.
Lo que Wei Wuxian ve al abrir los ojos lo deja con el ojo cuadrado. Wen Qing está sentada tras un escritorio en la misma habitación, concentrada en lo que parece ser un tratado médico, si es que su impresión sobre ella era correcta. El cuarto está muy bien amueblado y es obvio que pertenece a los Wen, pues hay motivos de flamas decorando cada cortina y mueble. En cuanto Wei Wuxian se mueve, Wen Qing le pone atención; él parpadea rápido, tratando de adivinar qué estará pensando ella.
—¿Cómo te sientes? —le pregunta Wen Qing.
Wei Wuxian la verdad es que ni sabe.
El dolor casi ha desaparecido, seguramente por los analgésicos que le dieron y que lo tienen medio "ido", pero la sensación no es precisamente agradable. Tiene el ojo izquierdo vendado, igual que el torso, que ahora nota que está apretado por las vendas. Siente que todavía no puede hablar, así que mejor ni lo intenta. Wen Qing parece entenderlo de inmediato y no lo presiona, un gesto que él agradece de todo corazón mientras la deja explicarle la situación.
—Mi tío, es decir, el líder de secta Wen Ruohan, aceptó recibirte cuando se lo pedí. Te puedes ir si quieres, pero ¿tienes a dónde llegar?
Wei Wuxian niega con la cabeza y Wen Qing asiente.
—Entonces te puedes quedar aquí, con Ning y conmigo. Puedes aprender medicina o seguir con la espada si prefieres; la Secta Wen te va a respaldar.
Todo lo que dice Wen Qing tiene sentido, pero hay algo que Wei Wuxian sigue sin captar. Ella parece leerle el pensamiento y termina de explicar:
—Eres nuestro amigo, y para los Wen la lealtad va por encima de todo.
Wei Wuxian levanta una ceja y ella le dedica una pequeña sonrisa.
—Mi tío dice que le gustó tu temple cuando te vio en la conferencia de discusión; además, está muy encabronado con la señora Yu por haberte azotado.
Wei Wuxian se mantiene en silencio. Wen Qing se acomoda en su sitio, un poco incómoda.
—Como sea, ya te limpié la mayoría de las heridas de la espalda, y la marca del latigazo en la cara no te va a afectar la vista para nada.
Wei Wuxian suelta un suspiro de alivio y deja que ella siga.
—Como empecé a tratarte cinco días tarde, las cicatrices no se te van a borrar nunca. Pero bueno, siendo Zidian, no se habrían quitado de todos modos.
Él agradece que Wen Qing sea tan directa y clínica; eso le facilita mucho procesar todo.
—No te voy a echar mentiras —sentencia ella.
Wei Wuxian levanta la vista de golpe.
—Sanar va a tomar mucho tiempo, pero creo que puedes lograrlo.
Wei Wuxian se pasó los siguientes meses recuperando fuerzas y garabateando ideas para nuevos talismanes. Se volvió muy cercano a Wen Qing y a Wen Ning, e incluso se hizo amigo de Wen Xu. Wen Chao, por otro lado, era un idiota al que nadie tragaba, ni siquiera el propio Wen Ruohan.
Aunque su reputación decía lo contrario, Wen Xu se volvió tan unido a él como un hermano de sangre; por primera vez, Wei Wuxian sintió el calor de tener un hermano mayor de verdad. Como Wei Wuxian seguía sin hablar, Wen Qing le enseñó a comunicarse con las manos usando señas y, para su sorpresa, todos a su alrededor aprendieron el nuevo lenguaje para ayudarlo. Hasta Wen Ruohan se lo aprendió, y Wei Wuxian empezó a disfrutar de largas tardes platicando con el líder de la secta, lanzando ideas para inventos nuevos.
Su vida, aunque estaba limitada a su habitación por las heridas, ya era mil veces mejor que la que tenía en el Muelle de Loto, y así se lo hizo saber al líder Wen una tarde, mientras este descansaba del papeleo que ahora terminaba en el cuarto del joven.
Wen Ruohan le sonrió de vuelta:
—Todos aquí se han encariñado contigo, Ying.
Wei Wuxian le devolvió la sonrisa; se sentía mucho más ligero después de pasar meses rodeado de gente que de verdad lo quería. Tenía un hermano mayor en Wen Xu, una hermana en Wen Qing y un hermanito en Wen Ning. Sentía a Wen Ruohan más como un padre, pero todavía le daba un poco de miedo preguntar qué eran exactamente el uno para el otro.
Pasó una semana más y, por fin, Wen Qing dejó que Wei Wuxian se levantara por su cuenta. Aunque le temblaban las piernas, la verdad es que se sentía mejor de lo que él esperaba.
Sin embargo, lo de su espalda era otro cantar. El más mínimo movimiento todavía le provocaba un dolor sordo, y caminar más allá de lo que medía su cuarto seguía siendo un verdadero calvario. Por suerte, las heridas se concentraban en la espalda y no tanto en sus extremidades, así que unos buenos masajes bastaban para quitarle la pesadez de los brazos y las piernas.
Lo más probable era que ese dolor lo acompañara el resto de su vida, pero Wei Wuxian pensaba que, si ese era el precio a pagar por vivir, lo pagaría con gusto. Al final, todo resultó para bien aquí en la Ciudad Sin Noche, y ahora Wei Wuxian se siente listo para empezar un nuevo capítulo en su vida.
