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Fearless Child; Broken Boy - LiveLoveDoritos

Summary:

"Se siente roto, como el jarrón que rompió cuando tenía cinco años. Tía Petunia le hizo recogerlo con sus huesudos dedos, y ni siquiera curó su corte después.

La sangre también había goteado por su mano entonces. En el fregadero de porcelana blanca. Como pintura roja arruinando la pureza de las sábanas blancas. Es este ciclo interminable de dolor y tortura. Aquí, se siente débil, sufre lo suficiente como para querer consuelo, amor. Tía Petunia no se lo dará. Ni ahora, ni nunca. Y él la entiende. Todos los que entran en contacto con él, morirán algún día. Si no es más tarde, es pronto."

--

"Cuando Harry fracasa en su intento de suicidio, el único lugar al que puede acudir es Snape, un hombre amargado que le odia a muerte."

(Una historia de angustia y dolor, y lágrimas,
pero también de curación y consuelo, y de risas.
Donde la satisfacción se encuentra en el lugar más inesperado)

[Una TRADUCCIÓN hecha con el PERMISO de su autor, LiveLoveDoritos.]

Notes:

¡Buenas, buenas!

No saben lo feliz que pone poder traducir esta historia. ¡Es fantásticas! De verdad, les sacará lágrimas.

Quiero reiterar que esta es una TRADUCCIÓN hecha CON el permiso de su respectivo autor, LiveLoveDoritos, quien dio su aprobación por Archive of Our Own [AO3].

* Link del autor: https://archiveofourown.org/users/LiveLoveDoritos/profile
* El link de la historia original: https://archiveofourown.org/works/32076646

Pero aparte de eso, y tal y como dijo su autor, si estás pasando por problemas, si tienes depresión diagnosticada o crees poder padecerlo, NO leas esta historia. Advierto, en serio, que los pensamientos son muy reales.

Si crees o sabes que padeces de depresión, busca ayuda. Nadie está solo.

Si llegasen a encontrar faltas ortográficas, incoherencias, fallas en la redacción, etc; no duden en decírmelo. Se los agradecería mucho.

Recuerden dejar sus Kudos a la historia original.

¡Disfruten!

Mr. Sys ღ

Chapter 1: Así que es verano, así que es suicidio

Chapter Text

Harry está acurrucado sobre sí mismo en la cama, respirando entrecortadamente, con las costillas doliéndole a cada inhalación. Siente como si los cuchillos empalaran su carne blanda, desgarrándola como los dientes nudosos de los buitres, rasgando su piel como si fuera papel.

 

(Tal vez, si se esfuerza lo suficiente, soñará con su propia muerte, en lugar de la de Cedric)

 

Cada vez que cierra los ojos, los dedos de Vernon le rodean la garganta como un collar demasiado apretado, como una soga con la que no se ahorcó, pero al que le condenó su tío. Una cuerda hecha con las manos, apretada, quemando la carne en los suaves huesos de su garganta. Sólo hasta que Harry empezó a asfixiarse y a destrozarse, le soltaron.

Es su propia culpa, en realidad. Debería haber cortado el césped cuando tío Vernon se lo había dicho hacía tres días. Harry no había tenido ganas. Prefirió pasar el verano confinado en la cómoda oscuridad de su habitación, donde podía estar a solas con sus pesadillas y la pena por Cedric. Realmente se lo merecía.

Su cama es el centro del mal. Es donde va después de una paliza, un mal día, o donde se queda después de una pesadilla. El mundo de Harry está construido en marcos temporales. Tiempo antes de Hogwarts. Tiempo después de Hogwarts. Tiempo antes de la muerte de Cedric, y tiempo después de la muerte de Cedric.

Es la primera vez que Harry se da cuenta de la pena de la guerra. Cómo empapa la hierba de sangre metafórica, cómo hay tres pares de manos que le manchan de muerte ahora; James, Lily y ahora Cedric. Todos murieron por él, o a causa de él.

No quiere que nadie más muera por él, o a causa de él. No quiere ser el Niño-Que-Vivió. Y no quiere ser Harry Potter. No quiere ser nadie. Nada. Ser uno con el polvo que cubre la tierra, o la sal en el fondo del océano. Tal vez las gotas de lluvia que caen del cielo cuando los cielos truenan con rayos y tormentas. El suave susurro de una brisa de verano.

Tal vez se cree demasiado grande. Harry Potter es pequeño; diminuto. Como un niño con la ropa de sus padres. O en su caso, nadando en la ropa de su primo.

Harry Potter nunca ha tenido un escudo. Nada que le protegiera contra la armada del mal que se le presentaba. Nadie le ha protegido nunca, y está seguro de que nadie lo hará jamás. Él es las antiguas ruinas de un cuerpo, atormentando sus propios huesos.

Se mueve, incapaz de evitar que su gemido salga de sus labios separados. Se le escapa sin querer, como si esos sentimientos no deseados se arrastraran hasta su alma, donde se asientan como un perro viejo que finalmente llega a casa, palpitando bajo su esternón con un latido propio.

Tal vez debería llorar. Pero sus ojos están más secos que un desierto. Es un hombre que camina hacia sus propios conductos lagrimales para salir sediento y sin saciar. La verdad es que no ha llorado en dos semanas. No desde que Dudley le llamó la atención por ello. No desde que su tía se rio de su implacable dolor cuando se lo dijo en un arrebato de debilidad, con un risueño: –Bien, todos podríamos lidiar con un bicho raro menos.

Había pensado... Bueno, no sabe lo que había pensado entonces. Que tal vez ella calmaría sus lágrimas, le pasaría la mano por el pelo como hacía con Dudley cuando estaba triste. Se había aferrado tontamente a esa escasa esperanza de que ella, de alguna manera, quisiera ser su madre después de saber por lo que había pasado.

Nadie más lo había hecho, y tal vez él quería unos brazos que lo rodearan. Tal vez había querido el consuelo de que otro ser llevara todo ese peso con él, para no tener que cargarlo solo y por sí mismo. Olvida el ‘tal vez’; definitivamente lo quería.

 

(Querer no es lo mismo que merecer. Esto es algo que Harry conoce íntimamente)

 

Este claro desprecio a su malestar emocional le rompió de una manera que no puede explicar. Fue como si el centro de su ser se partiera en dos como una ramita bajo el pie de Hagrid. Algo había muerto en su pecho, se había podrido como una fruta vieja, dejando a Harry como las duras semillas de su interior. Adormecido, como sentía su piel después del bálsamo para moretones que Hermione le aplicó después de la primera prueba.

Pero ahora, ahora, ahora, ahora. Quiere una compresa de hielo. Sus costillas están definitivamente rotas y, por desgracia, a diferencia de la señora Pomfrey, no tiene Skele-Gro en su inventario. Tiene un poco de jarabe para la tos, aunque duda que sirva de mucho contra el dolor.

Quiere dormir.

No quiere despertarse.

Parpadea ante la sequedad de sus ojos, tragando, haciendo una mueca de dolor que le produce. Hay una pequeña franja de luz de luna que cae a través de las cortinas inclinadas, justo sobre su cama. Esta noche es el cadáver de un ciervo que el tío Vernon atropelló accidentalmente una vez en su furia por la carretera. También había quedado allí, inmóvil, con la cabeza en un ángulo antinatural. La luz de la luna había golpeado sus ojos sin vida, brillando como un diamante en los anillos de su tía.

La luna los ha considerado iguales; piensa. Los mismos muertos. O tal vez la misma pérdida. De todos modos, no es más que un animal muerto en la calle, ¿no? Harry Potter es pequeño, como un elfo doméstico. El que obedece bajo los puños ensangrentados con una reverencia.

No es la primera vez en su vida que Harry se pregunta cómo es.

Morir, quiere decir.

¿Le… dolería?

 

(Quizá lo más justo sería que le lanzaran un Avada Kedavra, como Cedric)

 

¿Sería fácil, lanzarse un Avada Kedavra a sí mismo? ¿Puede alguien incluso hacérselo a sí mismo? ¿Tal vez debería invocar a Voldemort? Dios sabe lo fácil que sería.

O tal vez debería esperar a que el tío Vernon volviera para completar la tarea. Para picotear sus ojos, su hígado, como un verdadero buitre. Como gusanos entrando y saliendo de su piel como le ocurrió al ciervo cuando volvió a verlo unos días después. ¿No sería una ironía poética?

Si está muerto, se libraría por fin de la culpa que se agita bajo su piel como los gusanos. Ve a sus padres como luciérnagas muertas detrás de sus ojos cuando los cierra. Cada vez que sueña, Cedric ya está allí con ese dedo acusador apuntando hacia él.

 

(Es tu culpa que esté muerto. No pudiste salvarme)

 

Cuando habla para defenderse, Cedric se transforma en Voldemort y se asoma a su boca una sonrisa perversa que se retuerce en su cara como si le doliera, dividiendo su rostro de oreja a oreja.

 

(Lo has matado, lo has matado, no has podido salvarlo)

 

Su risa resuena en el cementerio, los mortífagos se unen a ella, hasta que es una cacofonía sangrienta que Harry no puede ahogar.

 

(Es mi culpa que esté muerto. Yo lo maté. No pude salvarlo)

 

Y se castiga a sí mismo. Porque eso es lo que se merece. Porque antes de morir, debería sufrir. Tal vez podría torturarse a sí mismo en los brazos de la muerte. ¿Lo recibiría como un viejo amigo? ¿O sería arrastrado al infierno para expiar sus pecados?

Harry tiene pilas de cartas en su mesita de noche. Todas sin leer. Harry no se había molestado. Demasiado triste. Demasiado bajo de energía. Todos están preocupados, y todos quieren compadecerse de él. Pero Harry no quiere compasión. Harry quiere que se enfaden. Que estén furiosos, que ardan de rabia. Harry quiere que la gente tome la compasión y se la meta por el culo. Quiere los golpes de espalda. Quiere el dolor y metérselo entre los huesos. Quiere que se corte como sus costillas contra su carne.

Quiere un cuchillo y hundirlo en la extensión abierta de su piel, para pelar capa por capa y ver cómo se desangra la oscuridad de él. Esta vez por su propia voluntad. No de Pettigrew. No de Voldemort. No de tío Vernon.

De él.

Quiere que la sangre gotee de él como la pintura de un lienzo. Quiere desangrarse en el cuerpo de Cedric, quiere darle vida como lo hizo con Voldemort. Pero no puede. Cedric está muerto, y ninguna cantidad de giratiempos o pociones o la sangre caliente de Harry puede arreglar eso.

A pesar del dolor, se tumba de espaldas. La almohada está mojada por la sangre que le salía de la nariz hace un momento.

Cree que quiere ser un cadáver. Quieto, e inamovible. Como el ciervo. Como Cedric.

Un cadáver abandonado para que se pudra en la calle.

Un cuerpo esparcido en un campo de hierba para que la gente lo llore.

Quiere dormir, y quiere no despertar nunca.

 

 

Harry tiene doce años cuando se corta por primera vez el brazo con el filo reluciente de un cuchillo, que atraviesa la piel blanda como si cortara un mango.

Harry tiene ahora catorce años. El carmesí brota de las heridas reabiertas. Se enjuaga, se venda y repite. Sangra hasta que está seguro de haber renacido una docena de Voldemorts. Tal vez, si sangra lo suficiente, pueda traer a Cedric de vuelta.

Hay sangre en la alfombra, junto a una mancha de tinta. Tan infalible como los crujidos de la casa en la noche. Sólo otro recuerdo de que una vez habitó esta habitación.

De que existió.

 

 

Está cortando el césped con un jersey de cuello alto bajo el sol abrasador. Hace treinta y cinco grados, y Harry está sudando como una puta en la iglesia bajo el tejido de lana. Había querido ponerse una camisa, pero Vernon le había amenazado con un castigo aún peor si se atrevía. Harry entiende por qué. No quieren que nadie sepa lo que le hicieron a su sobrino adoptivo. ¡Oh, cómo hablarían los vecinos!

Sin embargo, los moretones han ido desapareciendo y Harry puede volver a hablar después de una agotadora semana de dolor y heridas. Todavía no puede hablar del todo sin carraspear un poco, pero nadie que vaya a comentar eso. Sus costillas son una historia diferente, todavía le duelen cuando respira y se mueve de cierta manera. Incluso con su avanzada curación mágica, no hay mucha mejora.

Harry se limpia la frente, mirando al cielo con los ojos entrecerrados. No hay ninguna nube a la vista, ni tampoco señales de un Ford Anglia volando. El hecho de que no les haya contestado no significa que no quiera verlos.

Suspira, haciendo todo lo posible por evitar los preciados macizos de flores.

Faltan cinco semanas para que tenga que volver. Harry nunca lo ha temido tanto como ahora.

 

 

Está de pie en el tejado. La luz de las estrellas hace brillar las líneas plateadas de sus brazos desnudos. Inhala.

Exhala.

La noche es cálida, pero las manos de Harry están frías.

 

 

Se aprieta las muñecas.

 

 

Cedric está muerto, está muerto y es tu culpa. Mereces morir. Mereces sufrir. Mereces ser torturado. Mereces–

 

 

Las sobras que le dan, las tira. No merece comer.

Tiene un cuerpo que no le pertenece. No es suyo. Es una enfermedad infligida al mundo, un virus que se propaga. ¿Y si infecta a Ron y Hermione? ¿Y si los pierde también? ¿Cómo se las arreglaría?

Así que Harry, en parte por miedo, y en parte por desprecio a sí mismo, se desentiende de ellos. No devuelve ninguna de sus cartas, y la única vez que lo hace, les escribe que no quiere verlos más.

Las cartas se vuelven más y más frenéticas después de eso, y Harry simplemente las esconde donde su tío pueda verlas y arrebatarlas para destruirlas en el fuego como castigo, riéndose alegremente de Harry cuando está de pie frente a la chimenea, observando con esta especie de sentimiento adormecido. Como si el agua helada corriera por su columna vertebral.

 

 

Cuando el sentimiento de culpa desaparece, se instala el frígido entumecimiento. Se tumba en su cama y deja que embistan su puerta mágicamente cerrada. Tal vez llore, no lo recuerda. Sólo recuerda la humedad y un dolor que podría haber partido todo su ser en dos. Ya no es Harry. Sólo es los restos de alguien que una vez lo albergó en pleno espíritu.

Su propio cuerpo se convierte en una tumba que recorre. Obsoleto. Sus manos sólo causan dolor, sólo podredumbre. Es un cadáver que se arrastra con gusanos y hormigas. Es repugnante, es una enfermedad. Enfermo. Cuando se mira en el espejo, sólo ve un rostro demacrado, ojos hundidos y moretones. Está tan helado como el fondo del océano Antártico. Es... glacial. Como si estuviera flotando como un fantasma.

Se siente roto, como el jarrón que rompió cuando tenía cinco años. Tía Petunia le hizo recogerlo con sus huesudos dedos, y ni siquiera le curó el corte después.

La sangre también había goteado por su mano entonces. En el fregadero de porcelana blanca. Como pintura roja arruinando la pureza de las sábanas blancas. Es este ciclo interminable de dolor y tortura. Aquí, se siente débil, sufre lo suficiente como para querer consuelo, amor. Tía Petunia no se lo dará. Ni ahora, ni nunca. Y él la entiende. Todos los que entran en contacto con él, morirán algún día.

Sus padres lo hicieron. Cedric lo hizo.

Harry tampoco querría amarse a sí mismo.

Es tóxico. Como la serpiente de Voldemort. O el dragón con el que tuvo que luchar. Sólo la miseria sale de sus manos. Sólo el dolor de su lengua.

Mata la planta favorita de la tía Petunia al regarla en exceso, y de repente la pena es demasiado grande para él. Como una gran bola de arcilla en su pecho, presionando contra los lados de su caja torácica hasta que un día se romperá.

Y Harry ha aprendido que no se rompe, no en esta casa. No en este mundo. Las lágrimas son vistas como debilidad, y si saben que eres débil acudirán a tu jaula para arrancar la sabrosa carne de tus huesos. Lo querrán todo. Lo lamerán hasta que sea un montón de polvo, cociéndose al sol como la arena.

Así que Harry mantiene los ojos secos. Y no se rompe.

 

(En cambio, flota. Pero ¿es eso una salvación o un pecado?)

 

 

Cuatro semanas.

Escribe cartas a Cedric y luego se burla de su tío para que las rompa.

 

(Ron lo llamó una vez ‘maldito masoquista’, y Harry se había reído en ese momento. La idea era ridícula. ¿Quién quiere experimentar el dolor?

Pero se queda allí, inmóvil, mientras Vernon toma su silencio y lo traduce en una agonía absoluta al leerlos en voz alta para luego arrojarlos al fuego.

La breve satisfacción duele casi tanto como el cuchillo, un breve subidón, un pequeño interludio de dolor, hasta que pasan minutos y la vergüenza que siente Harry es suficiente para ahogarlo, enredándose alrededor de su garganta como los dedos de tío Vernon. Para encender sus nervios como la maldición Cruciatus.

Lo hace de nuevo. Y otra vez.

Y otra vez)

 

 

Dudley lo atrapa en un juego de ‘Cazar a Harry’, y Harry se deja arrastrar por la acera, permite que le den patadas en los costados y se burlen de él e intenten quitarle los pantalones. Deja que le presionen la cara contra el suelo, les deja. Les deja.

Les deja.

Al final, se sacude el polvo y vuelve a casa, tomándose el dolor con calma porque es algo que sí se merece.

 

 

-¿Tía Petunia? –le pregunta una tarde de verano mientras ella toma un sorbo de té en la cocina.

Ella sólo tararea para reconocer su existencia. Está vestida a la moda, como siempre. Aquí, en esta prístina cocina, Harry se siente sucio con su alma oscura, y el cementerio de piel muerta en sus brazos.

–¿Alguna vez piensas en la muerte? ¿Te preguntas a dónde iríamos?

La tía Petunia se vuelve hacia él bruscamente. –¿Qué clase de pregunta es esa, muchacho? –exige, sus ojos brillantes arden de ira. Sus hombros se tensan como si sus músculos se hubieran convertido en un bloque de cemento.

Harry se encoge de hombros con cautela, y se mira los calcetines remendados. –No lo sé. Sólo me preguntaba por su postura al respecto.

La risa de tía Petunia es increíblemente estridente, rebotando en las limpias baldosas de la cocina como un grito sucio. –Bueno, sé exactamente hacia dónde te dirigirías. Tú y esa extraña familia tuya.

–¿Crees en el infierno? –pregunta entonces Harry, sin llegar a enfadarse por el comentario. Así es la tía Petunia, escupe veneno por los colmillos, y Harry se ha quemado demasiadas veces con él como para seguir sintiendo su aguijón.

Su tía arquea el cuello, los huesos sobresalen con crudeza contra su piel. Él no se encoge ante la mirada fulminante que le lanza. Solía hacerlo, cuando era pequeño, pero Harry ya no tiene cinco años. Tiene quince años y ha perdido toda la esperanza.

Ella dice: –Lo hago –y Harry sabe que ella lo sabe. Que no hay Dios. Sólo una vida después de la muerte, pero esto es estratégico. La intención es asustarlo. Para herirlo, pero no lo hace. Harry es de piel gruesa y columna vertebral huesuda. Nadie puede herirlo más de lo que ya se ha herido a sí mismo.

 

 

Las venas se deslizan detrás de su piel como ríos helados, extendiéndose desde la palma de su mano hasta el pliegue de su codo.

Lo traza con el dedo, lo recorre con la uña. No hay nadie que acuda en su ayuda. No hay nadie que lo detenga.

No hay nadie que lo quiera tanto como para vivir.

 

 

Vernon le golpea con sus pies en sus costillas apenas curadas. Los dedos le rodean el cuello mientras lo golpean contra la pared.

Está gritando algo que a Harry no le interesa escuchar, sólo asiente y responde ‘sí, señor’ hasta que termina. Hay una extraña sensación de satisfacción en esto, el revelador ardor de sus miembros, como un fuego que ataca sus nervios. Aquí, se siente más cerca de Cedric de lo que nunca ha estado. Aquí se desangra en el pasillo, con el rojo embadurnado en las paredes grises que la tía Petunia fregará hasta que sus manos se llenen de ampollas y estén en carne viva.

Harry no duda de que ella se restregaría hasta limpiarse de él. Como Poncio Pilato se limpió de la culpa de la muerte de Jesús.

¿Conservaría ella algo de él? ¿Querría recordar esa mancha oscura en su vida? Harry cree que no. Está bastante seguro de que ella quemaría su ropa y arrancaría la alfombra empapada y la sustituiría por un suelo de madera para destruir su recuerdo. Para expulsarlo completamente de su vida.

A veces, cuando la tía Petunia viene a ver de qué se trata el alboroto, ve a Harry, agarrado, con ojos suplicantes y un ‘por favor’ formado en sus labios como una palabra escrita previamente. Entonces, simplemente se va. Cualquier esperanza que tuviera de que ella recobrara la cordura y le echara la bronca a Vernon, para cogerlo en brazos después como hace con Dudley cuando Vernon le da con el cinturón, muere con sus largas zancadas.

De todos modos, nunca lo quisieron aquí.

Además, ¿no es lo que se merece?

Después, se levanta de nuevo y sube cojeando. Su tobillo se había roto de forma extraña cuando su tío lo sacó del jardín y lo llevó a la casa. Harry lo inspecciona. Está dolorosamente hinchado, con un hematoma que ya se está formando en la extensión de piel lechosa entre el hueso del tobillo y la planta del pie.

La tierna carne que envuelve el músculo del cuello le duele cuando le pasa una mano tentativa por encima.

Harry debería llorar. Hacer un berrinche. Exigir que lo traten con respeto.

Pero no hace nada de eso, sino que se arrastra hasta la cama y escucha los latidos de su corazón, que retumban en sus oídos con un ritmo entrecortado. Al final, cae en un sueño intranquilo, en el que sueña que Voldemort está de pie sobre su tobillo y lo sujeta por el cuello.

Es una bonita repetición de ver los ojos sin vida de Cedric.

 

 

Los Dursley siempre lo dejan solo después de una noche como ésta, y Harry tiene todo un día para reflexionar y atender sus heridas. La mayoría de las veces se limita a dejarlas, a desear que su magia le quite al menos parte del dolor y a tumbarse inmóvil en su cama.

 

 

–Dios mío –le espetó Petunia una mañana mientras entraba cojeando en la cocina–, apestas.

Harry se queda de pie, con su ropa hecha jirones y sin lavar, y se encoge de hombros.

≫¿Cuándo fue la última vez que te bañaste? –pregunta, apartando la mirada con asco–. Sal y báñate. No debes salir de tu habitación si no es en condiciones decentes.

–Pero tengo que preparar el desayuno, tío Vernon...

–Tío Vernon no quiere que una pequeña rata como tú toque su comida –le retruca Petunia–. Ahora sal de mi limpia cocina.

Harry gira sobre sus talones y sale corriendo de la cocina. No va al baño, sino que vuelve a su dormitorio.

 

 

Esa noche, Vernon lo agarra por el pescuezo y lo obliga a meterse debajo del grifo frío con la ropa puesta y todo.

–No voy a permitir que apestes mi maldita casa, chico –le ladra, y le echa una cantidad impía de champú sobre el pelo medio seco y enmarañado–. Será mejor que te restriegues hasta que te salgan ampollas en la piel –advierte y sale del baño dando pisotones.

Harry se queda de pie, temblando como un gato mojado. Se siente como un caracol sin concha que lo proteja. Al final, se da cuenta de que nadie le va a molestar por la cantidad de tiempo que pasa bajo la ducha y empieza a quitarse la ropa mojada, siseando cuando el agua fría pasa por sus dolorosos moretones.

Luego, sigue de pie, espera a que su pelo esté completamente aclarado y lavado sobre su cuerpo antes de cerrar el grifo frío. Se seca con una toalla. Grita un ‘¡estoy limpio!’ por las escaleras y vuelve cojeando a su habitación, donde le dejan pasar la tarde y la noche.

 

 

Tío Vernon se entera de las cicatrices cuando Harry comete el error de remangarse cuando tiene que lavar los platos después de la cena.

–¿Qué demonios es esto, muchacho? –exige Vernon, tirando de la manga hacia atrás.

–Cicatrices –Harry responde con sinceridad.

–Si no tienes cuidado, chico –tío Vernon lo agarra por el brazo, pellizcando con tanta fuerza que Harry puede sentir cómo le crujen los huesos–, acabarás como esos inútiles de tus padres.

Harry traga saliva. –¿Muertos?

Vernon sonríe tortuosamente. –Nos alegraremos mucho cuando por fin estés fuera de juego –tira del brazo de Harry, y éste suelta un pequeño gemido de dolor–, y dejes de arruinar nuestro buen nombre.

–No te preocupes, tío Vernon –dice Harry. Sus órganos se retraen. Los latidos de su corazón se ralentizan. El delgado velo entre él y el mundo se baja entre sus ojos–. Creo que pronto lo haré.

Su tío lo suelta, mirándolo cansadamente. –No lo estropees, chico –dice y sale de la cocina como un hombre sin conciencia.

 

 

Al final, lo hace en la bañera. De esa manera la evidencia puede ser lavada fácilmente, su sangre por el desagüe. Saldría de la casa en una bolsa para cadáveres y los Dursley no tendrían que volver a verlo. Un escenario en el que todos ganan, ¿verdad?

Al menos tiene el control de esta manera. Voldemort lo quiere muerto con todas sus fuerzas, pero quiere hacerlo por su propia cuenta.

Harry ha sentido su enfermizo deseo de asesinar, su demente regocijo al torturar a otros y herirlos hasta que descienden a la locura cuando Voldemort tocó su cicatriz. Su mente fue a la mente de Harry. Sus pensamientos se mezclaron como nubes, enredándose como enredaderas hasta que Harry ya no pudo distinguir quién pensaba tan felizmente en traer la miseria a otros.

El dolor dura sólo un momento, y Harry se limita a cerrar los ojos. Todo será mejor así. Ya no va a morir nadie por él, y Harry será finalmente absuelto de su culpa como un bebé bautizado del pecado.

Se queda dormido.

Aquí no hay malos sueños, sólo una bendita oscuridad.