Chapter Text
Un par de semanas habían pasado rápido, para Giyuu fue la experiencia más surreal de su corta vida, jamás se imaginó estar rodeado de demonios la mayor parte del tiempo y que estos no le tocasen ni un cabello, incluso se había recuperado bastante rápido, ya no necesitaba usar vendajes y podía andar mucho mejor que antes, sin molestia alguna.
Su salud florecía de nueva cuenta.
Durante los primeros días, mantuvo la rutina de visitar la pequeña casa de té para dormir tranquilo y regresar al anochecer a "su habitación" para comer a pedido de la luna, después sólo iba para escapar de la palabrería sin parar del demonio.
Al no estar acostumbrado a convivir con alguien además de Sabito, era natural que lo agobiara fácilmente, por no mencionar otros cientos de razones por las que no se sentía del todo cómodo en su compañía.
Le gustaba ese lugar, en medio del lago, el frescor del agua, el canto de las cigarras y la vista al resto del inmenso jardín, le hacía sentir tranquilo y menos como un prisionero.
Por algunas horas se olvidaba de las cosas de las que debería estar haciéndose cargo y era extraño, porque desde que entró a la organización no conoció un día de paz, siempre asesinando demonios, luego curando sus heridas para salir y volver a combatirlos, era un ciclo sin fin del que pensaba que únicamente la muerte podría sacarlo en algún momento.
Nunca se quejó, resistió en silencio, la sonrisa y la paz que traía a las aldeas que fueron atacadas era todo lo que necesitaba, era sobrellevable porque también tenía a Sabito, esforzándose con él, codo a codo.
Cuando tenía a Sabito...
Sacudió la cabeza, para deshacerse de pensamientos melancólicos que no necesitaba en ese instante y acomodó el libro sobre sus piernas.
Apenas hace unos días se animó a explorar la enorme residencia al sentirse un poco más en confianza con su entorno y para su sorpresa, encontró una habitación polvosa con un estante lleno de libros, los cuales estuvo algunas horas ojeando al no tener nada mejor que hacer, seleccionó los que llamaron más su atención y los llevó a su refugió junto con una lámpara de aceite que encontró en el mismo lugar, ya que la noche estaba a punto de caer.
Pasó las yemas de sus dedos por la portada, admirando los delicados grabados de la pasta del libro antes de abrirlo y recordó el tiempo cuando vivía con su hermana, ambos tenían algunos con los que aprendió a leer en su niñez, pero ninguno se parecía a los que había encontrado, podía tan solo imaginar el costo real de cada pieza que dejaron morir simplemente en un estante.
Pasó las páginas amarillentas, al parecer se trataba de una antología de haikus, lo reconocía porque a Tsutako le gustaba la poesía, era el único lujo que podía permitirse y a veces se aventuraba a escribir pequeños párrafos que luego leía a un Giyuu maravillado por su talento.
Pensó que los recuerdos dejaron de ser dolorosos desde hace mucho tiempo, pero se equivocó, todos los días la extrañaba igual que el anterior y había pequeños fragmentos que aparecían de la nada y tocaban esas fibras profundas dentro de su ser.
— ¿Qué se supone que haces, Giyuu? La mesa ya está servida.
El mencionando dio un respingo, saliendo de sus pensamientos abruptamente y encontrando al demonio de pie, justo frente a él. Se regañó mentalmente por espaciarse con tanta facilidad, olvidar dónde estaba y sobre todo con quién.
Sin embargo, admitía que ya podía mantener algunas conversaciones no tan forzadas, después de todo, sí pudiese matarlo ya lo habría echo.
Además Akaza era demasiado insistente, como nadie que conoció antes, en ocasiones odiaba ser el blanco de sus burlas, pero era mejor eso a estar en una celda siendo torturado y tratado como un prisionero real, cuando fue secuestrado imaginó todos los posibles escenarios, excepto como vivía actualmente.
— No tengo hambre... por el momento, pero iré después, es temprano... —Alcanzó a corregirse rápido, antes de que la luna comenzara a insistir, como siempre.
— ¿Y eso? — Uno de los oscuros dedos de Akaza señalaron al objeto en las piernas del pilar, tenía curiosidad pues en la habitación de este también encontró varias de esas cosas apiladas cerca de la cama.
— Es... un libro de poesías, es para que las personas lo lean — Supo que su explicación era bastante mala cuando Akaza seguía con el rostro graciosamente confundido.
Suspiró audiblemente ¿Realmente estaba a punto de explicarle aquello a un demonio?
SI.
¿Tenía otra opción?
NO.
Le bastó una semana para saber lo pesado que podía ser el pelirrojo cuando Giyuu le negaba algo.
— ¿Qué harás con eso? Estoy esperando, Giyuu.
E impaciente.
El pelinegro bajó la vista para echar una mirada rápida al libro, como sí este le fuese a dar respuestas, los mechones sueltos y sedosos se agolparon alrededor de su rostro, molestándolo por enésima vez.
— Son haikus... es poesía. Hablan de la naturaleza, de... lo que se siente cuando se está escribiendo... no sé explicarlo muy bien... — Admitió, preparándose para escuchar la molesta risa de Akaza por conseguir ponerlo en aprietos, pero no hubo una, ni siquiera una sonrisa, este se mantenía atento, extrañamente interesado, incluso observó como este tomaba lugar en el piso de madera cerca suyo y ya estaba moviendo una de sus rodillas, apurándolo.
— Sólo escucha ¿De acuerdo? — Finalmente se rindió, era mejor mostrar directamente que tratar de transmitirlo en palabras, especialmente cuando nunca fue buena en estas, así que seleccionó una página al azar, humedeció un poco sus labios y preparó su voz — El viento del otoño, la margarita, tristemente resiste.
— ¿Y? — Se encogió de hombros.
— ¿Y? — Repitió Giyuu sin entender. Quizás fueron analogías muy confusas para el demonio... o quizás no tenía la suficiente sensibilidad... ¿Realmente se estaba preguntando sí alguien que asesina seres humanos para poder sobrevivir era sensible? En pequeñísimas ocasiones olvidaba lo que era Akaza y esa era una de ellas.
— Este parece mejor... Un viejo estanque, se zambulle una rana, ruido de agua.
— Se lo que me quiere decir y porque lo compara, sólo me parece estúpido... ve a comer — La luna no encontró nada grandioso en tales líneas, lo único bueno era escuchar la voz calmada repasarlas, su boca envolviendo cada palabra y como levantaba la vista para poder ver su reacción justo después, era divertido, pero sí podía elegir, preferiría un millón de veces devolverle su katana y luchar con él, el humano no era el único ser aburrido en esa casa.
— No es estúpido, es muy difícil hacerlos, sólo... Sólo los genios lo hacen, no lo entiendes — No sabía sí realmente creía eso o sólo le había irritado porque lo asociaba al recuerdo de su hermana y creía que de alguna manera, el demonio la estaba ofendiendo.
Akaza estaba por levantarse de su lugar y dar por terminada la conversación de los libros, prefería que después de que el pilar comiera, le leyera y se ahorrara lo demás, la parte aburrida, pero su "no lo entenderías" le había calado ¿Le llamaba idiota?
Giyuu supo que había cometido un error cuando la mirada habitualmente desinteresada o burlona de Akaza se tornaba seria, tan afilada y puesta en su persona.
Con la misma agilidad de un gato montés, la luna cortó la distancia, arrodillándose cerca de su persona y aprisionándolo contra el pilar de la madera mientras apretaba el libro entre sus manos, evitando pasar saliva.
Entendía el juego de la intimidación, porque cuando Sabito lo molestaba se acercaba de igual manera y acababa dándole ligeros golpes.
Pero el pelirrojo era diferente, por supuesto, y lo odiaba por aprender rápidamente lo mucho que le incomodaba que alguien invadiera su espacio personal y no pudiera hacer nada más que mantener su faz impasible por miedo a parecer un idiota... o perder el juego silencioso.
Y seguía siendo difícil a pesar de los años de práctica, especialmente cuando un demonio contemplaba su persona largamente.
— Los ojos azules, en ellos estoy reflejado, de noche brillan — Las comisuras de los labios mortalmente pálidos de Akaza se levantaron felizmente hasta descubrir sus colmillos aperlados, mostrándose complacido consigo mismo ante los ojos atónitos del pilar. Entender la estructura de esas cosas era simple para él, mensajes similares, golpes de lengua similares, comparaciones similares, perfeccionar su ataque más básico había sido mucho más difícil que eso.
— Ahora, Giyuu... ¡Dime que soy un genio! ¡Dímelo! — La luna se aprovechó del estado ensimismado del joven cazador para abalanzarse a capturar su rostro con las manos y apretujar sus mejillas una y otra vez, riendo a todo pulmón, a sabiendas de lo que enfurecía a su compañero.
— ¡SUÉLTAME! — Giyuu reaccionó e intentó quitarse las manos ajenas de encima. Movió la cabeza de un lado a otro, intentó patearlo, arrancarse esas garras que apresaban su rostro y todo esfuerzo parecía inútil, cada golpe era absorbido por la constitución de músculo magro del demonio, estaba desesperándose en demasía hasta que fue liberado abruptamente.
Se llevó sus propias manos hacía las mejillas lastimadas para intentar calmar el dolor, imaginando la apariencia estúpida que adquiriría su cara debido a la hinchazón y al enrojecimiento.
Levantó la mirada, preparado para reclamar y extrañado de que Akaza hubiera callado, cuando se percató que los ojos ámbar estaban clavados en un punto específico. Tuvo que volverse para poder seguirlos y justo en el engawa de la casa, vio a una chica.
Esa desconocida de vestimenta y largo cabello negro que inclusive le cubría parte de cara, estaba sentada sobre sus rodillas y sostenía un viejo biwa entre sus manos, preparada para tocarlo. Sin más, se puso de pie y entró por la puerta del patio hacía el interior de la pieza de Giyuu.
— Andando — Ordenó la luna, regresando a la residencia a rápidos pasos. La presencia de Nakime sólo indicaba una cosa y esa era una llamada directa del maestro, al cual no le gustaba esperar.
El pelinegro se levantó y pronto siguió al demonio con un mal presentimiento asentándose en la boca del estómago, empezando a corroerlo de a poco, quizás ya era tiempo de terminar con la farsa y al fin descubriría el motivo de su secuestro. Sus palmas empezaron a saludar y tuvo que limpiarlas disimuladamente sobre su yukata.
Se detuvo en el umbral de la puerta, su cuerpo negándose a moverse. Akaza esperándolo con los brazos cruzados sobre su pecho, claramente impaciente.
No tenía caso intentar correr y tratar de huir como un cobarde, aceptaría lo que tendría que pasar y sólo lucharía sí amenazaban con cambiarlo, prefería que acabaran con él. Dio un paso dentro de la habitación y la puerta corrediza se deslizó tras su espalda.
El sonido de las cuerdas del biwa siendo rasgadas, una luz tan cegadora que tuvo que cubrirse los ojos con el antebrazo y después la nada.
Al bajar su brazo e intentar orientarse, la repentina sensación de náusea le llevó a taparse los labios con la palma de su mano y encogerse un poco sobre su propio cuerpo, tratando de no vomitar y de respirar profundamente.
— ¡Ah, recuerdo que los viajes de Nakime también solían causarme tanto malestar!
Giyuu se percató de la sombra en el suelo justo frente a la suya, sus ojos se elevaron, recorriendo a esa figura lentamente, centimetro a centimetro sólo para enterarse de lo terriblemente alto que era aquel hombre. Sí no tuviese esos kanjis en sus peculiares pupilas iridiscentes, podría confundirlo con un sacerdote por su característica vestimenta.
— Eres el nuevo amigo de Akaza ¿Cierto? ¡Es un placer conocerte, llamame Douma! — El demonio posó una de sus manos sobre el hombro del pelinegro en un suave toque, dándole un apretón gentil — Los amigos de Akaza, también son mis amigos, por supuesto — Dijo el sujeto con una sonrisa encantadora.
Tal sonrisa y apariencia prístina estarían excelentemente logradas de no ser por la notoria marca profundamente purpurea que manchaba su reluciente tez, esta se extendía desde su boca, pintaba su mandíbula y se perdía en su cuello, sólo lo podía comparar con el aspecto de un cadáver en estado temprano de descomposición.
No siguió prestando atención a lo que sea que el demonio estuviese diciendo, estaba distraído en lo que leyó de sus ojos, sí era la luna superior dos ¿Significaba que era más poderoso que Akaza?
¿Dónde estaba Akaza?
Quería saber qué estaba pasando, en dónde estaba. Quería que lo dejaran en paz, que dejaran de actuar, que dejaran de tocarlo con tanta facilidad, se estaba empezando a abrumar, sus puños estaban fuertemente cerrados, temblando ligeramente, sus hombros experimentando una tensión tan horrible que le hacían encogerse, no quería hiperventilar.
Después, un estallido de sangre repentino que salpicó de rebeldes gotas su rostro, su yukata celeste y el piso de madera. De pronto el demonio pelirrojo estaba detrás de la segunda luna, perforando su pecho a base de un golpe rápido y limpio, haciéndose lugar en sus adentros. Cuando se retiró, largos ríos carmesí corrieron, arruinando su traje por completo.
Los ojos de Giyuu se ampliaron, amenzando con salirse de sus cuencas, la segunda luna apenas si se había molestado en volverse, su sonrisa impecable ni siquiera había flaqueado ni un momento, solamente le quitó la mano de encima para saludar al otro demonio y posteriormente la colocó sobre el hueco de su pecho.
— ¡Akaza, hey! Temo que hoy no podemos jugar como siempre, lo lamento mucho, creo que comí algo que no debía... pero tu no lo hiciste ¡Felicitaciones! — Douma le elogió animadamente, no hacían falta más palabras para hacerle entender a su compañero que era el único que consiguió hacerse de un humano y traerlo hacía su maestro, al parecer.
— Te ves asqueroso, cierra la boca y déjalo en paz — Escupió la tercera luna con odio, encarándolo y cubriendo al pilar con su cuerpo. Sabía que Douma era una basura malintencionada bajo toda esa asquerosa faz de fingida amabilidad y no le daría la oportunidad de arruinar lo que él si pudo lograr.
Giyuu pasó saliva aunque sintiera su boca como un desierto. Su cabeza había comenzado a girar y a tambalearse vertiginosamente mientras se olvidaba de cómo respirar.
El daño por el veneno que solía usar Shinobu contra los demonios era algo que ya había visto antes.
Todos fueron transportados a la fortaleza de Muzan.
Al igual que él, también debieron encontrarse con demonios.
"Creo que comí algo que no debía."
— Ya, ya, vamos, Akaza, de todos modos él ya está aquí.
El pelinegro no tuvo tiempo de buscar con la mirada a quien mencionaron, cuando el sonido del biwa volvió a resonar ya se encontraba en otra plataforma de madera suspendida en medio de cientos de habitaciones aglomeradas unas sobre otras sin lógica alguna ¿Estaba en la fortaleza de Muzan nuevamente?
Tragó saliva, se percató de que su respiración se estaba acelerando a medida que pasaban los segundos, como su piel se cubría de sudor, estar a la tortuosa expectativa de qué iba a suceder.
Cerró los ojos un momento y trato de tomar el control de la situación, estaba claro que no podría pelear, así que buscaría una "salida", haría lo que fuera para que no lo transformaran en demonio y convertirse en un problema para sus propios compañeros, tenía que hacerlo por ellos, por las personas que todos juraron proteger.
A pasos inseguros caminó al borde de la madera y observó hacía abajo, a las construcciones sin fin, estaba seguro que una caída desde la altura donde se encontraba acabaría con su vida y destrozaría su cuerpo lo suficiente para no caer en las garras de sus enemigos.
— ¿Acaso estás pensando en suicidarte después de que te permití conservar tu vida? ¿Cuando te he el elegido para que seas parte de algo mayor?
Una voz infantil cercana le impidió a Giyuu dar el paso que restaba, le descolocó ver a un niño de fácil diez años en la plataforma vecina, pequeño, vestido con ropas occidentales sencillas, sus irises rojizas y pupilas alargadas eran un fiel distintivo entre un demonio y un humano, junto a la perturbadora atmósfera de peligrosidad que lo envolvía.
En bastantes oportunidades vio y decapitó niños convertidos, pero era la primera vez que uno de estos le provocaba un sutil escalofrío al sentir esos ojos clavados en su persona.
¿Se podría tratar de...?
De ninguna manera, Tanjirou le contó cómo lucía Muzan a detalle luego de encontrarse con el demonio.
— ¡No seré parte de nada! — Casi no reconoció la voz quebrada que salió de su propia garganta. Sus puños dolorosamente cerrados a cada lado de su cuerpo temblaban, las uñas se encajaban en su carne, su corazón martillando dentro de su pecho y el aire negándose a llegar a sus pulmones. Su resolución brillaba tan claramente que casi podía tocarla con la punta de sus dedos y la aceptó con el orgullo que le quedaba.
Pensó en cada persona que conoció, en Sabito, en su maestro, en Tanjirou y su hermana, pensó en sí mismo... después de todo estaba ahí porque alguien más se sacrificó por él, ahora trataría de hacer lo correcto.
Sin más, saltó al oscuro vacío apretando los ojos, dejándose envolver por el viento, esperando el momento del impacto.
Lo único que llegó fueron una especie de látigos de carne que interrumpieron abruptamente su caída, apresándolo por una de sus muñecas y lastimando la misma al detenerle en el aire. Lanzó un grito ahogado, el dolor repentino le hizo abrir los ojos, trayéndole a la realidad, sólo para dar en cuenta que muchos más de esos asquerosos apéndices se envolvían fuertemente por todo su cuerpo, inmovilizándolo. Intentó luchar, pero cada vez que se batía, estos respondían afianzando el agarre asfixiante que le apresaba, amenazando por romper sus huesos y demostrarle lo frágiles que eran.
— Tu ya no puedes decidir sobre tu vida, ni tu cuerpo. Solo puedes callar y agradecerme en silencio.
El mismo niño apareció, esta vez dentro de la habitación vecina, completamente de cabeza. Una sonrisa maligna se deslizaba sobre sus labios como el veneno, deformando cada uno de los rasgos infantiles que poseía y dejando entrever su naturaleza diabólica.
Giyuu pensó que su final sería siendo reducido a pedazos sanguinolentos de carne antes de experimentar como una de esas monstruosidades le perforaba el vientre.
Creyó que conocía el suplicio físico, pero sentir como le reordenaban las vísceras y demás órganos desafió su umbral del dolor, casi podía rebosar lo corporal y gritó, sus alaridos destrozados llenaron el lugar, mientras el demonio le observaba complacido, esperando que sobreviviera.
— No te atrevas a desmayarte tan rápido, estás tan cerca. Los pilares son nada sin una katana, por lo que veo, tan ridículos — Se burló a la vez que el cuerpo frente a él se retorcía y de un momento a otro se quedaba colgando, totalmente inerte.
La criatura infernal que le sostenía, lo atrajo hasta los pies de Muzan, depositando al cazador en el suelo sin cuidado alguno y continuó trabajando fervientemente.
— Fuiste el único que logró traerme un pilar y conseguir curarle... pero no terminaste con tu misión aún — Se dirigió a su tercera luna y esta de inmediato se postró a su lado, inclinando la cabeza en señal de respeto — Sé que no aceptarás terminarla, así como en el pasado rechazaste volverte más fuerte, desperdiciando todo tu potencial... por eso lo hice venir.
Akaza no tu tuvo que pensar mucho para saber de quién hablaba y la ira hirvió desde lo profundo de su ser, quemando sus entrañas y apretando los dientes con dureza. Prácticamente le estaban desechando y eligiendo a Douma por encima de él.
— ¡Lo haré! — Exclamó, después se ordenó a si mismo controlarse, no olvidar al lado de quien estaba — Haré lo que sea, lo cumpliré.
Muzan dirigió su mirada al demonio pelirrojo, satisfecho de que este fuera tan fácil de manipular y sobretodo, seguir siendo útil.
